Un viajero francés desembarcó en el Buenos Aires virreinal en 1810 y describió la Gran Aldea con el desdén engolado de quien visita para mostrar antes que para observar: "A la hora de la siesta, en las calles no se ven más que médicos y perros". Tratando de menospreciar la holgazanería argentina, ese señor tan viajado nos descubre el que era gran pasatiempo de los porteños, inquietos y vivarachos, a las puertas de su gran Revolución de Mayo.
Si el crítico gabacho visitara hoy Buenos Aires, dos siglos después, nos relataría (intuimos que con semejante desdén) cómo, a la hora del partido de fútbol del equipo del barrio, en las calles no se ven más que perros y algún médico de guardia dispuesto a velar por la pasión incontenible del porteño, que se derrama en corazones al borde del colapso. Y aunque pensara que así dejaba patente la escasa intelectualidad de las inquietudes culturales del Buenos Aires de hoy, nuevamente estaría contando al mundo cuál es el pasatiempo favorito de toda la Argentina.
Escribía Daniel Arcucci en “La Nación” que Argentina tenía tres mitos como referente emocional: Evita Perón, Carlos Gardel y Diego Armando Maradona. Los dos primeros están muertos, pero Diego vive milagrosamente, sentado en solitario en un mausoleo albiceleste donde un radiante sol amarillo ilumina el único icono en movimiento de la idolatría nacional.
Maradona representa bien lo que significa Argentina: cambiante y poliédrico, sublime y autodestructivo, desconfiado con el poder pero ingenuo ante otras tentaciones, pasional hasta el paroxismo, exagerado hasta la exageración. Glosar la figura y trascendencia del Diego llevaría varios tomos de un libro, pero se entiende con sencillez la razón de su ascendente. Así que no extraña (o lo hace menos de lo que debería) su automática conversión en una especie de dios, sobre todo en un tiempo en que el descreimiento en lo que no se ve impide a los sueños revolvernos el corazón.
En el mundo de hoy, Argentina proyecta lo que es en buena medida a través del fútbol. Por eso, en la rivalidad entre Boca Juniors y River Plate, habita la esencia de la gloria y la miseria del argentino. River se nos fue, Buenos Aires se estremece, Núñez muere en vida y el mundo del fútbol siente una especie de orfandad que tiene poco de solidaria y compasiva y mucho de abatimiento sincero. Se nos fue la Banda Sangre, la Máquina, la magia del Monumental, el "Millo", los relatos de Labruna, Pedernera y Lousteau, el recuerdo en color sepia de Di Stéfano, el Principado de Francescoli, las "Gashinas", las gestas a todo color de Alzamendi, Fillol, Bambino Veira, Crespo, Salas, Batistuta, Saviola o Mascherano. River se le fue al mundo y ahora nos cuesta tragar saliva.
Argentina adora a Maradona porque la hizo sentirse la más grande en un mundo que, de otra manera, no la tendría en tan alta consideración. Le ha perdonado sus excesos, sus exabruptos, su adicción a las drogas, su carrera suicida hacia la autodestrucción. El fútbol adora a River porque le dio lustre y grandeza, le dignificó con gestas y le enriqueció con relatos que agrandan el abismo de su leyenda. Ahora necesitamos que le perdone sus excesos, sus exabruptos, su adicción a las drogas y su carrera suicida hacia la autodestrucción.
La muerte ha golpeado al fútbol justo donde resulta menos noticiosa. Allí donde una vida no vale nada, el crimen resulta impune por cotidiano. Como sucede que las víctimas juegan al fútbol, hemos descubierto de repente que un Gobierno decide si se publica o no un asesinato, que hay lugares del mundo donde uno se responsabiliza de su suerte si decide viajar en autobús e incluso que Cabinda existe. La ignorancia es atrevida y la ingenuidad es temeraria. “Se ha teñido de sangre el Continente Negro”, ha llegado a decirse. Siempre he creído que África mostraba un sincero luto a través del color de su piel. Luto por el hombre blanco, cuya inconsciencia mata en vida a sus semejantes. Occidente como sociedad global perdió el alma en el principio de los tiempos y aún no quiere darse cuenta.
La innegable inoportunidad del calendario tiene poco que ver con la sincera preocupación por los africanos, por su derecho a sentirse protagonistas cada cierto tiempo y a celebrar su gran fiesta del juego, la música y la alegría. El fútbol como elemento de escape y de unidad en un mundo con tantos problemas impensables. Tal vez a pocos interese que, hace dos años, en medio de la cruenta guerra civil en Costa de Marfil, sólo la petición de Drogba de una tregua de dos horas para que el pueblo pudiera vivir tranquilamente el partido logró un alto el fuego, y sólo la celebración del pase a la final de hace dos años unió a todas las etnias por unos días, antes de volver a perder el juicio y retomar los fusiles para matarse entre sí. Quién sabe: si todos los días tuvieran motivos así para unirse, tal vez descubrirían el estallido de la paz.
Se ha escrito que en un partido de la Copa de África cabe, a la vez, todo el fútbol que uno pueda imaginar, y no puedo estar más de acuerdo. Muy posiblemente, en esos contrastes y en esa peculiar diversidad resida buena parte del encanto que desprende el torneo. Futbolistas de primer nivel mundial (Drogba, Essien, Etoo, Kanoutè, ...) compiten entre errores impensables y porteros circenses con el pantalón largo y los guantes roídos; centenares de millones de euros de valor futbolístico real corretean en campos de cultivo sin las mínimas medidas de seguridad y con un césped alto más apto para el pasto que para el deporte; dictadores y reyezuelos presiden palcos bautizados por la santería y magia negra de los brujos africanos mientras, a sus pies, la más cruda realidad lucha por sobrevivir aferrada a bolsas desgastadas de miseria; representantes de clubes millonarios y marcas multinacionales atraviesan, enfundados en trajes de seda y con escolta, poblados de hambruna y marginalidad crónica rumbo a los estadios. Cuando el mundo de la prosperidad se sitúa entre tanta barbaridad, a todos se nos revuelve la conciencia.
Cualquier postura acerca de la continuidad o no del torneo tras la barbarie sufrida por el equipo de Togo es comprensible. Dijo una vez un ministro sudanés, respecto de los países del mundo desarrollado que "ellos tienen los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo". Como siempre, se trata de ponderar valores y fines a conseguir. ¿Quién necesita un alma para sobrevivir? Tic-tac, tic-tac, …
No recordamos desde cuándo, porque las más profundas sugestiones suelen perder su fecha de nacimiento, pero vivimos todo este tiempo convencidos de que el fútbol tenía acotado su acceso a la gloria por rutas y senderos que no conocíamos. No sabemos si todo empezó un oscuro y lejano día, quizá fuera un malvado tahúr, tal vez nuestra propia debilidad colectiva. Lo más seguro es que desde siempre este juego fuese un mapa encriptado sin bosque en el que orientarse, un lugar común de frustraciones sin espacio para la fuerza del espíritu, una huida hacia adelante sin retorno, el último verso de un poema sin terminar, una hilera de migas de pan hacia la salida, el rostro del desencanto al empezar.
No nos explicamos aún muy bien cómo ni por qué, pero casi sin esperarlo, ni sentirlo ni soñarlo, hemos abierto los ojos y se ha desvanecido el conjuro. Sospechamos del arrojo del talento y el descaro de la juventud, pero estamos seguros de que hay algo más. Lo cierto es que no hay rastro de aquel pesimismo antropológico, no existe el fatalismo de masas, ni los refranes, dimes y diretes, ni las sombras tenebrosas del destino; no hay lugar para los mitos y leyendas, ni para los fracasos colectivos desde le terror individual, ni para los voceros reales de la discordia.
Vivimos un sueño del que ansiamos despertar para tomar conciencia de lo conseguido. Porque somos mucha gente, buena gente, gente de aquí y de allá, de izquierdas y de derechas, gente que sueña y se despierta, gente que vive sentada y muere de pie, gente brillante y esforzada, que comparte y que reparte, … gente que vive una misma ilusión. Porque un país tan divertido no tiene el deber de sufrir ni el derecho a resignarse al fatalismo, porque somos colores distintos que pintamos un mundo tan singular como plural. Porque desde ahora Europa nos contempla como un referente visual, un espejo en que mirarse, un ejemplo de superación, y porque reconoce que somos los mejores. Porque disfrutamos el juego que tanto amamos, porque merecemos el juego que nos merece. Porque somos españoles. Porque somos campeones.
A veces pensamos que el mundo no se mueve por las leyes naturales y positivas que nos gobiernan desde dentro y desde fuera, sino que lo mueven la leyes ocultas, las reglas no escritas. El mejor ejemplo que se me ocurre es el de un reloj, cuyo mecanismo puede ser calculado y descifrado, pero realmente lo mueve el paso del tiempo.
El fútbol, que de leyes y de tiempo sabe un rato, da la impresión de rendirse a fuerzas que ninguno sabemos explicar. Ni los modernos con sus datos (¿alguien ha visto una estadística que revele menos que los miles de metros recorridos por un jugador?) ni los clásicos con sus versos son capaces de explicar el componente de azar y misterio que decide muchas veces este juego. Por seguir con los ejemplos, basta un error inesperado en las manos más inimaginables (léase Petr Cech) para saltar por los aires toda lógica o predicción derivada del juego.
El domingo se enfrentan dos selecciones que ilustran todo esto a la perfección. Su tradición y palmarés parecen responder a razones secretas que marcan el destino como tendencia, sin importar los demás elementos a la vista de todos: momento de forma, nivel de juego, trayectoria reciente, mejores o peores futbolistas, ... El domingo juegan España, condenada al infortunio en cualquiera de sus versiones, e Italia, ganadora por naturaleza en cualquiera de los casos. No hay más datos que valgan ni versos que adornen: los italianos ganan y después ya explicaremos el cómo, el cuándo y el por qué.
La selección italiana me ha recordado siempre a la esfinge sin secreto de Oscar Wilde, de quien he tomado prestado este título. Es un breve relato en el que un hombre cuenta a otro su obsesión por Lady Alroy, una bella e intrigante mujer de la alta sociedad londinense que parece guardar un secreto apabullante. Va de un lugar a otro esquiva, ocultando su dulce rostro con un pañuelo y con mirada huidiza cada vez que alguien se interesa por su misterio. Tras varias citas, a la muerte de Lady Alroy, el dolorido hombre regresa a donde se citaba con ella y pregunta a la casera cuál era el gran secreto de la mujer. Ésta le dice que no hacía más que leer libros y tomar té. El hombre le explica entonces convencido a su amigo que Lady Alroy no era más que una mujer obsesionada con el misterio, que disfrutaba alquilando habitaciones con su velo y adoraba los secretos, pero no era más que una esfinge sin secreto. Cuando el amigo le pregunta si de veras lo cree, aquél responde: "Sigo teniendo mis dudas".
El equipo italiano es la esfinge más preciada entre la mitología futbolística. Huyen de dar explicaciones, son soberbios y misteriosos, orgullosos hijos bastardos de una patria que rinde culto a la estética pero sólo saben servirla con la gloria del resultado, cubriendo con un velo todo gesto dulce que les pueda distraer. No se angustian ante la adversidad, no se rinden si caen enfermos: triunfan sólo si se sienten capaces de sobreponerse a cualquier cosa.
La valerosa España expediciona los parajes de Centroeuropa, tratando de resolver un misterio que le obsesiona. Ya ha vencido a tres enemigos en el camino y acaba de encontrar la posada de la bella Italia. Se asoma a la ventana con el corazón en un puño y ahí la encuentra, sentada delante de un libro y tomando té, guardando celosamente un secreto que no existe.
Desde hoy, y durante las próximas cuatro semanas, Europa es el centro de la atención del mundo porque el fútbol atrae miradas e intereses como un imán a los polvos ferrosos. No se ruborizará Europa, acostumbrada como está a que todos vivan pendientes de su fútbol, el más lustroso, desarrollado y competitivo del planeta, más aún en los tiempos que corren, de identidades que se atomizan y sociedades que se globalizan; pero sí sentirá una fuerza especial, una pasión diferente pues el fútbol de clubes se ha disuelto y cada uno ha acudido a abrazar su propia bandera. Cuanto más se trata de integrar al Viejo Continente, cuanto más se empeña la clase dirigente en dar forma al artificio de los Estados Unidos de Europa (lo que el ciudadano de a pie observa con escepticismo y un punto de indiferencia), más crece la sensación de que las naciones más antiguas del mundo, aun compartiendo los valores esenciales, difieren tanto en todo lo demás que no se pueden tratar como hermanas; si acaso, primas lejanas.
La Europa del balón y el colorido se extiende por Austria y Suiza, buscando entre los bellos paisajes y los vestigios imperiales el nuevo depositario de su vieja gloria, el galán más elegante y convincente del baile de máscaras sonrientes que es esta Eurocopa, la joya de la corona bienal, la dama arrebatadora a la que todos quieren rendir con encantos variopintos, nuestra Ítaca clásica (probable patria del Odiseo de Homero) y moderna (objeto de deseo de europeos durante siglos, actual enclave turístico sacudido por terremotos periódicos y devastadores).
En la primera fila de candidatos asoman los hombres que supieron rendir al mundo hace dos años. Infunden respeto entre sus iguales y un pavoroso temor entre los demás. Desde su culto social a la más moderna estética y la vanguardia, entienden el fútbol como un juego de mezquino azar en el que no hay más belleza que la victoria y los designios del ganador son insondables por superfluos. Junto a ellos, el candidato más heterogéneo que integra razas, culturas y religiones en torno a un elemento común: la pelota. El poder colonial negro y la inmigrante picardía árabe se funden con el orgullo de la nación más soberbia de Europa. Han perdido a su líder, el caballero más elegante y con la cabeza más rápida y despejada que se recuerda pero la enseñanza de su figura les quedó para siempre.
Se dijo una vez que el fútbol era un juego con unas reglas conocidas y otra no escrita: que siempre ganaban los mismos. Son ellos, altos, nobles y fuertes, de rubia cabellera y ojos claros pero inyectados en sangre. Descendientes de los bárbaros pero también de los músicos más sensibles de la Historia. Cuando llegan al final lo hacen por aplastamiento y con las cabezas de sus rivales como trofeo entre las manos. Completa la nómina de favoritos el país del fado y la casta ibérica. Hablan el mismo idioma que los brasileños y eso, en un campo de césped, es decir mucho. La figura mediática de moda es su arma más poderosa aunque no está claro hasta qué punto les beneficia o no. Con los mejores talentos para idear discursos y requiebros geniales del lenguaje, les falta una viva voz que los lea en público.
Como en toda danza ritual, los antifaces ocultan muchas veces brillantes miradas y bellas sonrisas que sólo descubren algunos afortunados al final de la noche, con la fruta prohibida del amanecer. Así, unos mercenarios de los Balcanes que esconden un talento competitivo y un gran corazón; o el país del gran secreto, que consigue más guerreros distinguidos y apuestos corceles del terreno más pequeño, aunque con ácida frecuencia olvida que algunos desayunos cítricos no son fruta de verano … ; o los pacíficos y ricos anfitriones, neutros de toda la vida hasta que les ponen una pelota en el horizonte, cremosos al tacto y precisos en la distancia como un queso y un reloj.
Dejamos para el final al eterno candidato sin motivo histórico, el eterno perdedor sin nada que perder, la eterna promesa que nada promete. Le adornan su envergadura y su tez morena, sus ojos verdes y su estilo propio, pero tiene la mirada vacía porque se exige más de lo que nunca ha conseguido. Siempre arranca con ilusión, pero termina derrotado convencido de haber luchado y perdido contra nadie, olvidando que Polifemo fue engañado por Ulises, quien le dijo que su nombre era Nadie. Cuando al cíclope le atacan clavándole un palo en su único ojo, pide ayuda gritando “¡Nadie me está matando!” y los demás cíclopes creen que no pasa nada.Siempre se lucha con los demás, y no sólo contra uno mismo. ¡Vamos España!
Alguna vez hemos hablado de cuál es la debilidad reverencial en algunos lugares, lo que demuestra ante quién se descubre un mundo cuando sabe que todos le miran: en España adoramos al futbolista como personaje protagonista de un drama tornado en reality show; todo gira en torno a unos ídolos de cera que imaginamos vestidos de corto hasta cuando se meten en la cama. En Argentina, el centro de todo es la pelota como símbolo del azar y la espiral eterna que son el fútbol, la bola del mundo que todos anhelan dominar. Y en Inglaterra, el juego y el espectáculo se postran ante el aficionado, pues toda la estructura y la competición se organiza desde la convicción de que el negocio (premisa material) y los colores (premisa romántica) son de la gente; rehenes emocionales de un juego primitivo y vulgar, guardianes celosos de unos valores que ellos mismos exportaron. Ya lo tenemos claro: puestos a hacer reverencias, los ingleses son los más distinguidos.
La Premier League es, de un tiempo a esta parte, la competición nacional más valiosa del mundo, y para quien no resulten convincentes las cuestiones de estilo, allá van un par de evidencias: tres de los cuatro semifinalistas de la Copa de Europa son ingleses, viviremos la cuarta final consecutiva con, al menos, un representante de la Premier. Así que parece que contamos con un argumento más que tranquiliza a los que prefieren análisis simplistas para aleccionarnos mejor: parece que también los campeonatos en conjunto respetan la teoría de los ciclos. Tras la hegemonía española en el cambio de siglo (el renacer del gigante blanco, la final española en París, las dos gestas inacabadas del Valencia) y una tímida reacción italiana (con el glorioso 2003 y aquel estupendo Milan que se ahogó una mala noche en Riazor), ahora son los ingleses los que marcan el paso en la Europa futbolística.
La globalización y la apertura universal de las sociedades (y con ellas, de la mano, el fútbol) que marca nuestro tiempo es, entre otras muchas cosas, un proceso que difumina identidades y matiza convicciones: el mestizaje cultural nos abre la mente y nos cierra los ojos.
Cuando esta nueva realidad llega al fútbol, cualquiera puede jugar donde quiera y quien quiera puede contar con cualquiera, la mejor de las noticias para los gurús de las finanzas y el espectáculo y una advertencia para todos aquellos que juegan por una ideología.
Los ingleses han sido peculiares incluso para gestionar la obligada mundialización de su fútbol, atrayendo capital y talento extranjero y poniéndolo al servicio de la forma más antigua de entender este juego. No se han desnaturalizado ni han consentido que su invento se convierta en algo exótico ante sus propias narices, sino que han perfeccionado la apuesta enseñando a los de fuera tanto como han aprendido de ellos. ¿Cómo lo han hecho? Mostrando un inquebrantable orgullo de condición y una tradición cultural mostrada en la puerta de entrada a modo de contrato de adhesión: "éstos son nuestros principios y ésta es nuestra atmósfera; ahora enséñanos lo que sabes hacer ..." Claro que todo se complica cuando uno no sabe exactamente de qué sentirse orgulloso.
No nos resistimos a ser suspicaces con los ingleses porque se salen de la fila, no quisieron el euro, viven en su splendid isolation y conducen por la izquierda. Tal vez muchos no sepan que históricamente, el hombre comenzó a guiar a sus primeros caballos y vehículos por la izquierda, por un motivo sencillo de comprender: se prefería dejar pasar por la derecha a quien venía de frente por si había que echar mano de la espada u otra arma ... Lo que era una costumbre de varios siglos se modificó en buena parte de Europa por la proliferación de los carruajes y, sobre todo, por obra de Napoleón, quien extendió allá por donde pudo la obligación de circular por la derecha para diferenciarse de sus enemigos los británicos.
A veces, rechazamos por excéntrico a quien no es más que un centinela de antiguas tradiciones ...
Se ha escrito que en un partido de la Copa de África cabe, a la vez, todo el fútbol que uno pueda imaginar, y no puedo estar más de acuerdo. Muy posiblemente, en esos contrastes y en esa peculiar diversidad resida buena parte del encanto que desprende el torneo.
Futbolistas de primer nivel mundial (Drogba, Essien, Etoo, Kanoutè, ...) compiten entre errores impensables y porteros de circo; decenas de millones de euros de valor futbolístico real corretean en campos sin las mínimas medidas de seguridad y con un césped tan largo que podría alimentar a varios rebaños de vacas; dictadores y reyezuelos presiden palcos bautizados por la santería y magia negra de los brujos africanos mientras, a sus pies, la más cruda realidad lucha por sobrevivir; representantes de clubes millonarios y marcas multinacionales atraviesan, enfundados en trajes de seda y con escolta, poblados de hambruna y miseria rumbo a los estadios. Cuando el mundo de la prosperidad se sitúa entre tanta barbaridad, a todos se nos revuelve la conciencia.
Conviene no engañarse: África ha celebrado su gran fiesta del juego y la alegría mientras en Europa se lamentaban las largas ausencias o el riesgo de lesiones. Nadie se ha preocupado del fútbol africano en realidad, de su derecho a disfrutar de la lucha por dominar el Continente Negro y a sentirse protagonistas una vez cada dos años, de la vía de escape y elemento de unidad que supone este juego en un mundo con tantos problemas. Tal vez porque a nadie le interese que, en medio de la cruenta guerra civil que sigue desangrando Costa de Marfil, sólo la petición de Drogba de una tregua de dos horas para que el pueblo pudiera vivir tranquilamente el partido logró un alto el fuego, y sólo la celebración del pase a la final de hace dos años unió a todas las etnias por unos días, antes de volver a perder el juicio y retomar los fusiles para matarse entre sí. Quién sabe: si todos los días tuvieran motivos así para unirse, tal vez descubrirían el estallido de la paz.
África también ha vivido, en el campo, una lucha de estilos: la final enfrentó al fútbol físico, anárquico, atlético, de pura fuerza y quilates sin pulir de talento de los países subsaharianos con el juego más pausado, más equilibrado de los norteafricanos, histórica (y futbolísticamente) más expuestos a los influjos europeos. El triunfo de Egipto demuestra que las virtudes de la colocación, el orden y el trabajo táctico sin indispensables para competir en cualquier rincón del mundo.
Sigo convencido de que el futuro del fútbol puede ser negro (en el sentido racial de la palabra), pese a que la pretendida explosión del continente africano se venga profetizando desde hace tres décadas. Dijo una vez un ministro sudanés, respecto de los países del mundo desarrollado que "ellos tienen los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo". Si se dedican a aprovecharlo, en vez de intentar fabricar ellos también joyas, aprenderán todos que no siempre se puede satisfacer el gusto por la aventura y la libertad que da el caos. La prudencia y el orden les llevarán a dominar esa pequeña gran parte del mundo que es un balón. Tiempo al tiempo.
Es curiosa la capacidad del fútbol para generar talentos de dudoso aprovechamiento. No resulta fácil encontrar otro juego en el que jugadores con las mejores condiciones innatas se despidan sin margen de gloria entre el aburrimiento y la vulgaridad. Una prueba más de la extraordinaria complejidad que encierra un mundo en apariencia tan sencillo.
Los hay que no se ubican en el campo, y entonces pierden el sentido del juego. Suelen ser víctimas del cambio climático futbolístico: la desaparición del atrevimiento y el deshielo de la mezquindad del resultado; una suerte de especies en extinción sin reserva natural disponible.
Algo así le ha debido de ocurrir a Recoba, un jugador fenomenal, una pierna izquierda descomunal, un coronel de la pelota que no tiene quién le escriba. No tiene fuerza para jugar en banda, ni recorrido para hacerlo en el pivote, ni espacio para respirar en el área. Así que nos hemos acostumbrado a verle en un banquilo y ya a nadie le sorprende. Lo que no tiene es perdón de Dios.
También los hay que pierden el sentido del juego, y es entonces cuando no se ubican. Les define la inconsistencia, no entender que vestidos de calle siguen siendo futbolistas, la inconsciencia del que no sabe seguir siquiera un camino marcado. Son verdaderas gambas de carne y hueso: sus piernas, su cuerpo y su corazón valen su peso en oro, pero la cabeza la absorbe todo lo que rodea al fútbol.
Adriano atravesó un drama personal y en vez de tomar al fútbol como obligatoria excusa para mirar hacia adelante, lo recibió como un motivo más de preocupación. La fuerza destructiva del alcohol como refugio de incautos y una personalidad de chicle hicieron el resto, así que quien esté interesado en seguir ahora sus andanzas debe aficionarse al Torneo Paulista.
Es un lujo impracticable, como el de la señora ricachona y obesa que se compra vestidos de alta costura y sólo los puede mostrar a los más allegados bien planchados en el armario.
En asuntos de recorrido, nada ocurre por casualidad, pero algo pasa en el fútbol cuando hay tantos genios en la penumbra y tantos mediocres acaparando todos los focos.
Llegaba el Real Madrid al campo del Levante con unos números de asustar y una hoja de servicios inmaculada para medirse al peor equipo de la Liga en mucho tiempo. Aunque parezca mentira, unos problemas estomacales de su portero mantuvieron en vilo a todo el mundo, como si la inmensa distancia entre los rivales dependiera de quién jugara con guantes. Claro que si el que se los pone es Iker Casillas todo parece algo más lógico, acostumbrados como estamos todos a su papel estelar. Así que resulta que en el equipo más fiable de las últimas décadas marca la diferencia un jugador que nunca sale del área propia.
El Barcelona ha armado una plantilla repleta de fenómenos con un arsenal de talento en stock sin comparación. Arranca la Copa de África y Samuel Etoo se marcha a Ghana un mes. Aunque parezca mentira, la reunión de lo más granado de la galaxia busca voluntarios a mano alzada que aporten el orgullo y el gol que se marchan con Etoo de excedencia.
Total: hay individuos cuya presencia o ausencia genera ansiedad a todos.
La temporada del Milan estaba siendo desangelada y mustia después de ganar la Liga de Campeones y no renovar ilusiones en verano. El campeón de Europa no había ganado un solo partido en su campo y deambula en la clasificación de la Serie A no se sabe muy bien por dónde.
Pero bastó ver debutar a Pato y todos se soltaron la melena: San Siro se llenó de pancartas y ruidoso colorido, Ancelotti alineó dos delanteros, Ronaldo jugó, corrió e hizo dos goles, ... Aunque parezca mentira, al equipo más laureado del nuevo siglo sólo le ha devuelto la sonrisa un jugador joven que sólo puede iluminar el futuro.
El Valencia vive momentos de convulsión a todos los niveles que uno pueda imaginar. El entrenador ha decidido quitar de enmedio a tres de los símbolos recientes del club. Aunque parezca mentira, entre todas las opciones que tiene un equipo grande para mirar hacia adelante con optimismo, se ha optado por eliminar tres caras singulares visibles del pasado reciente que se quiere olvidar.
Total: hay individuos cuya capacidad para afectar las ilusiones es tremenda.
Cuando prima el trabajo en grupo y la generalización relativizada de las ideas, nos tenemos que manejar en términos globalizados y el bosque da escasa importancia a los árboles, reconforta descubrir que el juego aún pertenece a los jugadores.
Para los que viven su pasión por el fútbol desde la absoluta soledad, comprobar que en un mundo tan colectivo el individuo es tan importante es todo un alivio.
Nuevamente al fútbol lo han teñido del negro de las crónicas de sucesos y del rojo de la sangre derramada, y nuevamente el tinte se lo han aplicado desde Italia y Argentina. En un partido de la Segunda división de este país, donde la vida humana parece tener el mismo valor que la bufanda de un club, un aficionado murió apuñalado en plena grada por un sujeto que, al parecer, era su primo, en lo que parece ya el colmo de la barbarie y el asilvestramiento.
Mientras, en Italia, la fatalidad quiso que se encontraran en una gasolinera dos grupos de "tifosi" de Juventus y Lazio y discutieran sobre la grandeza de uno y otro a golpes. En la intervención policial, un disparo accidental mató a uno de ellos, y lo que parecía un gran drama personal derivó en una oleada de violencia que arrebató el fútbol y el descanso a medio país, paralizó varias ciudades y volvió a ofrecer imágenes dantescas a las que uno, afortunadamente, nunca llega a acostumbrarse por más que el triste hábito quiera hacer al monje. Nos quedamos sin Calcio, y a cambio hemos tenido que soportar que se vuelva a unir al mundo del fútbol lo más bajo de la condición humana.
Bastó una chispa para que se creyeran depositarios del voltaje nacional, capacitados para decidir si merecemos o no vivir en paz un domingo haciendo lo que nos gusta, nos divierte, nos une y nos evade de una vida diaria con suficientes problemas como para soportar a estos degenerados.
Cualquier excusa vale para que las hordas del parasitismo social se comuniquen unas con otras para extender el miedo: ayer, por toda Italia se unieron en una conjura de necedad selvática, una auténtica cena de los idiotas a la que concurrió lo más granado de la estupidez colectiva.
A estos despojos de una sociedad que respira de espaldas a su salvajismo, las gentes del fútbol les tenemos que aplicar la Ley del Talión: "Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie", reza la fórmula bíblica del principio de retribución. No les deseamos la violencia física (por más que estemos seguros de que muchas veces es lo más eficaz), pero sí que quienes manejan el Derecho les impidan hacer lo que más les divierte: acabar con las fiestas ajenas como reveladora forma de entretenimiento impúdico.
Si no fuera porque avergüenzan y aterran a partes iguales a sus semejantes, darían hasta pena. Son violentos, indocumentados, criminales, asesinos; desechos morales sin escrúpulos ni actividad cerebral reconocida, adalides de la desintegración de algunas familias y residuos prescindibles del fracaso escolar, representantes de la más supina estulticia y del salvajismo impune. A lo que vamos, unos gilipollas.
Aprovechando que el mundo se globaliza, es más fácil para todos ver rodar la pelota en cualquier rincón del planeta, hacemos nuestros los ídolos entronizados en otros reinos y manejamos mercados ajenos como nuestra propia cesta de la compra; aprovechando que el globo se mundializa, los grandes buques lanzan sus robustas redes relativizando el concepto de frontera como artilugio trasnochado y el de infancia como mera fase previa a la presa adulta.
El planeta es ahora una aldea global en la que no hay secretos ni tesoros ocultos, caladero común de quienes pervierten una inocencia interrumpida a la que queda por delante todo un proceso de madurez física y mental para aparecer como el abajo firmante. Así que la costumbre terráquea ofrece alternativas: oferta de trabajo al padre de la criatura, nueva casa, coche y colegio para la familia, ...
Ahora que todos se asombran ante el florecimiento futbolístico del trabajo de captación y educación de jóvenes talentos del Arsenal de Arsène Wenger, Michel Platini se ha decidido a defender la esencia del fútbol, a salvo de acusaciones aprovechadas. El presidente de la UEFA ha criticado el fichaje indisciminado de niños y adolescentes como base del trabajo de cantera porque es injusto, fomenta la desigualdad e incluso se nos plantea que encierre cierta ilegalidad, salvaguardada por la incierta normativa aplicable. Seducir con el brillo del dinero, el humo de la gloria prematura o el anzuelo del mundo desarrollado es insostenible ética y deportivamente y ataca a los principios más elementales del fútbol. Como la ética causa risa porque no está de moda y el deporte huye de textos enrevesados, habrá que sentarse a regular.
Podrán justificar todo esto quienes no ven en el fútbol más que un espectáculo. Si sólo me vengo a divertir, entreténganme y muestren todo lo que tengan. Pocas cosas tan espectaculares como la llegada de nuevas y jóvenes atracciones, cuanto más exóticas mejor.
Tampoco pediremos comprensión a los que sólo entienden al fútbol como un negocio. Las inversiones arriesgadas y los depósitos de renta variable con la salsa de su vida, no entienden de almas sino de números y están en este mundo tan sólo de paso.
Solamente quedamos quienes vivimos el fútbol como un juego; un juego que representa mucho de lo que somos y casi todo lo que sentimos, una batalla pacífica de ideas, la forma de una pelota manchada con unos colores que no sabemos por qué nos acompañan desde que nacemos, pero sí sabemos que estarán con nosotros hasta que muramos.
Dos imágenes llamativas nos ha dejado el fútbol europeo en las últimas semanas: la de un equipo campeón de su país y súper profesionalizado, arrodillado ante su público después de una derrota sonrojante; y la de un maduro y aterrado aficionado turco, llorando a lágrima viva ante la humillación que estaba sufriendo a miles de kilómetros de su casa.
Quien dedica su tiempo a esto es perfectamente capaz de dedicarlo a otra cosa cuando se aburra o encuentre una diversión nueva; quien invierte su dinero es perfectamente capaz de llevárselo sin dar explicaciones ni sentir remordimiento; pero quien ofrece su corazón es incapaz de desentenderse porque los sentimientos no se adquieren con el tiempo ni a cambio de dinero.
La aldea global gira en torno al fútbol, cierto; pero sólo unos cuantos aldeanos cuidamos verdaderamente de él.
Irak se proclamó ayer campeona de la Copa de Asia ganando por uno a cero a Arabia Saudí en la final. El tema exige un análisis que vaya un poco más allá del puramente futbolístico, porque lo cierto es que es todo un hito para el fútbol iraquí y toda una sorpresa en el continente asiático. Así que dejaremos a un lado al inesperado equipo campeón, sus históricas victorias como el día ante Australia o la evolución de Akram, El Hamd o Younis Mahmoud.
A pesar de repetirse, no deja de sorprender la fuerza de este juego, que irrumpe sin pensárselo donde nada ni nadie se siente capaz. Un torneo de fútbol ha llevado a un país destrozado a un baño de gloria, olvidando por unas horas los baños de sangre a los que están acostumbrados; lo ha sacado de la crónica de sucesos para darle relevancia en la jubilosa información deportiva internacional; le ha dado un motivo para la esperanza en medio de la desesperante situación que vive.
Cincuenta personas murieron celebrando el pase a la final, y escribo sin saber ni querer imaginar cuántos lo harán festejando el título. Allí donde la muerte ha perdido su individualidad y la vida su valor y su sentido, el fútbol es motivo de alegría y de perder el miedo a reunirse en mitad de una calle. En un lugar donde unos mueren en nombre de no sé qué dios, matando a quienes viven su religión de otra forma y a quienes allí han acudido en nombre de no sé qué principios, en ese lugar, sólo el fútbol ha servido como excusa para ser felices por un tiempo. Lo que no han conseguido la diplomacia ni la democracia, la guerra ni la dictadura, los soldados ni las elecciones, lo ha logrado el fútbol: la selección, integrada por sunníes, chiíes y kurdos, aglutina y representa a todo un país y deja en paños menores a la religión exacerbada, la integridad racial o las convicciones políticas como factores de cohesión. Y además no se le ocurre excluir a nadie.
Mientras unos sigan considerando al fútbol como un mero juego que ha derivado en negocio y espectáculo de masas y otros desconfíen de él por creerlo extramuros de la cultura, no serán conscientes de la imparable fuerza que le acompaña. Valdano y Benedetti coincidían en señalar que lo mejor del fútbol son los futbolistas por su origen común y por ser guardianes de una cultura muy particular. El fútbol, con sus guardianes a cuestas, ha mostrado un camino que no vio ni el más fino de los analistas geopolíticos. Lástima que nadie vaya a interpretarlo, ni mucho menos aprovecharlo.
Brasil ganó anoche su octava Copa de América goleando a Argentina en la mejor final que un podía planear por tres a cero. Los protagonistas repitieron la cita y el desenlace de hace tres años, confirmándose tanto la capacidad de Brasil de ganar cuando menos favorita le hacen las apuestas como la maldición albiceleste en el torneo, que no alza desde el 93. La Copa de América más atípica y goleadora que se recuerda tuvo una final marcada por las ausencias: Kaká, Ronaldinho o Lucio habían dimitido previamente, Robinho, Messi, Tévez y Román se abstuvieron anoche. Así que quedaba espacio para la intervención de actores secundarios, y en ese papel siempre se ha hallado cómodo Baptista, quien gusta de aparecer con furia cuando los focos no le apuntan a él, y Dani Alves, cuyo carácter indomable le confiere una capacidad de adaptación a cualquier medio asombrosa.
Las dos grandes americanas (Uruguay necesita renovar algún éxito con urgencia si pretende reivindicarse ahí) no depararon una gran final porque Brasil se encargó de que no aparecieran las virtudes históricas de ambas. Muy loable y de admirar su espíritu de equipo y su actitud defensiva ante los ataques interiores de Argentina y sus jugadas de estrategia, no tanto su propia renuncia al llamado “jogo bonito”, término que los entendidos del momento aplican casi a cualquier cosa pero que sólo saben desarrollar los brasileños.
La verdad es que a uno se le rompen los esquemas cuando observa a una selección brasileña que no quiere el balón, que cede campo y arma un dispositivo especial desde la preocupación por las estrellas del rival. Más aún cuando su estilete atacante son contras tras robo de pelota en cualquier zona del campo y realiza más del doble de faltas que los rivales. Y no les quiero contar si se asocian a la “seleçao” términos como “trivote”, triquiñuelas para perder tiempo, falta táctica, marca al hombre y máxima atención defensiva en acciones a balón parado y en rechaces de su propio meta. Dunga, ¿esto qué es?
La “dungarización” está aquí, también Brasil se halla poseída por las fuerzas que obligan al juego a modernizarse según unas nuevas exigencias si se desea ser competitivo. Sólo que precisamente Brasil era la última esperanza para los que creíamos que el triunfo, en ciertos casos, siempre parte del balón, del ataque, de la alegría y la danza. Dunga ha hecho olvidar el fracaso de hace un año en el Mundial y las bajas voluntarias de sus estrellas más rutilantes. Sólo parece entender la victoria en el fútbol como la consiguió en Estados Unidos’94 como jugador, quizá olvidando que un equipo puede renunciar a su estilo por coyuntura necesaria y nunca como estructura voluntaria. El título es un éxito para Brasil hoy, pero sólo trae malos augurios para mañana. Tratándose de quienes se trata, más que de “dungarización”, yo hablaría de vulgarización.
La última propuesta de la FIFA para mejorar e impulsar el fútbol ha sido la de prohibir los partidos internacionales a más de 2.500 metros de altura, que es casi tanto como vedar los Campeonatos del Mundo a países como Ecuador o Bolivia en lo que parece una medida de presión de Brasil y de Argentina. “We care about football”, reza el lema del máximo organismo que gobierna este deporte. Ya …
Desde siempre, el hombre ha sentido una atracción casi irresistible por las alturas. Elevarse en el aire, mezclarse con las nubes, contemplar el mundo desde el cielo, espiar a un enemigo, salvar obstáculos infranqueables, en definitiva, volar y dominar también las alturas como obsesión contra natura. Pero no sólo lo soñaron, sino que muchos lo intentaron, desde el mítico Ícaro hasta el investigador alemán Otto Lilienthal, y perecieron, uno literariamente, el otro mientras probaba un artefacto en 1896 poco antes de que los hermanos Wright acercaran al ser humano a los cielos por primera vez.
Es posible que nunca dominemos las alturas, pero hemos logrado llevar hasta ellas nuestra baja pasión mas confesable. Parece mentira que quien sólo ha de trabajar por el bien y la expansión del fútbol desconozca los secretos de su éxito: su sencillez, que le permite ser jugado casi en cualquier condición, y las reglas no escritas, como la de que quien organiza el partido, pone el campo y la pelota. Y olvida además la fuerza integradora de este juego, que permite al pobre recibir en su propia casa al rico y discutirle y al humilde diseñar un plan para meter el dedo en el ojo del poderoso.
Dos razones pueden haber motivado esta medida: proteger la salud del deportista requiere de otras actuaciones (nadie ha muerto aún por jugar en La Paz), y evitar buscadas ventajas climáticas o geográficas exige también prohibir jugar bajo las heladas moscovitas o en Sevilla a cuarenta grados, por poner dos ejemplos. Como siempre, quien se obsesiona con las alturas y desafía la fuerza imparable de la gravedad se lleva un costalazo, el mismo que quien desafía la fuerza imparable del fútbol por obsesionarse con las normas.
La final de la Copa de la UEFA tuvo el ritmo, la pasión y la intensidad de las grandes citas, ésas que suelen engalanar los partidos señalados yendo incluso más allá de quiénes sean sus protagonistas. Como en el mundo las distancias siempre viven demarcadas, el fútbol también es un universo polarizado y el nivel de trascendencia entre las dos competiciones europeas es evidente en todo menos en su gran final. Así que es sencillo concluir que la élite histórica del fútbol español no vive su mejor momento, a la vista de que desde cuartos de final no sobrevive ninguna espada hispana, con el Valencia en el papel de Alatriste duro y conquistador que termina rendido en una batalla perdida. Pero la denominada clase media de nuestro fútbol es superior a la de cualquier otro lugar del mundo, sobre todo si seguimos empecinados en incluir en ella a un equipo como el Sevilla.
Tres títulos europeos en un mismo año es una orgía victoriosa de tal calibre que los efectos de la resaca aún ni se imaginan. El crecimiento espectacular del Sevilla responde a unas causas que todos conocemos y se hace repetitivo acudir a ellas tras cada gesta extraordinaria. Cuando competía entre teóricos iguales supo sobresalir con tiento y sigilo, y ahora que ha llegado al nivel de los grandes dinosaurios ha entendido desde el principio que sólo se hará un hueco a cabezazos: las reglas del juego han cambiado y el rostro del Sevilla es ya el de un grupo ganador, por lo que la general simpatía por el Espanyol habrá que entenderla como un éxito en el ingreso de los andaluces en la élite. Inmersos en una lucha diaria de tres frentes abiertos, no son aún capaces de asimilar la inusitada grandeza de lo que viven. Unos gestores hábiles apoyados por técnicos luminosos le dieron al club fondos económicos y al vestuario fondo de armario, un himno centenario articuló la fidelidad en torno a la música, con todo su poder de seducción, y los resultados consecuentes arrojan la ambición necesaria para mantenerse arriba.
Una lluviosa noche escocesa confirmó en Europa a quienes se habían postulado hace un año y honró a los derrotados por su orgullo y respuesta tras un partido de cargas emocionales muy cambiantes. Pero además, demostró a todos que el fútbol español, aparte de seguir siendo incapaz de mecer y acunar un resultado cuando le es favorable, también se dignifica con aficiones entregadas en comunión a dos escudos legendarios y capaces de vivir tanto sobresalto en paz y armonía.
Hace ya tiempo leí un pequeño libro, "Una teoría de la fiesta", escrito por Josef Pieper, y lo he recordado en más de un momento últimamente. Fue escrito hace cuatro décadas, pero en cada página arroja una explicación convincente para muchas derivas de la sociedad de hoy en día. Más allá de las referencias culturales y de los riesgos del nihilismo, Pieper trata de demostrar que el mundo se aleja de la fiesta verdadera y la sustituye por sucedáneos marcados por el trabajo y la falta de apego al día a día de este mundo. Si el fútbol es un espectáculo cada vez más lejano al espectador y la vida un camino ajeno a la fiesta verdadera, ¡cuánto nos aburrimos!
Por continuar con las referencias literarias, los "versos más tristes" de Neruda enseñaban que el amor es muy corto y el olvido muy largo y seguramente por eso es tan saludable disfrutar cada minuto de amor, sobre todo cuando parecemos condenados a sentirnos olvidados tantas eces en la vida. Los tiempos afectivos en el mundo del fútbol, tan dado a la exageración del instante, funcionan de la misma manera, así que enamorarse en el triunfo es el único modo de contrarrestar la carga dramática del juego, los sentimientos personales al unísono, la sensación de eterno retorno.
Esa sensación debe ser la única forma de explicar el fútbol desde la derrota. Por eso, uno observa y no comprende la fría celebración del Olympique de Lyon de su sexto título consecutivo en Francia. Jugadores con media sonrisa, otros casi obligados por pudor a quitarse la camiseta y acercarse a su afición, ... Todo muy frío, muy desangelado, muy asumido. Tanto que estoy convencido de que hay saques de esquina que se festejan con más pasión en Inglaterra en un partido cualquiera, por ejemplo.
Se trata de algo mucho más complejo que acomodarse en el triunfo: incomodarse en un éxito cotidiano porque no se ha alcanzado el nivel exigido para lo extraordinario. Cuando un gran éxito se convierte en cotidiano y el festejo en una obligación desganada suele ocurrir que cada día que pasa se está más lejos de la excelencia que se añora y que impide, como demuestra en su libro Pieper, ser capaz de vivir una fiesta verdadera.
Suele decirse que la repetición de una conducta instaura una costumbre, yendo más allá de la propia valoración de la misma. El escritor Berthold Auerbach lo terminó de aclarar con su fino ingenio, cuando concluyó que la novedad atrae la atención e incluso el respeto, pero la costumbre lo hace desaparecer pronto. Esta reflexión condena de raíz muchas diversiones colectivas, y la verdad es que los españoles tenemos algunas costumbres difíciles de explicar. Una de tantas, elevada a una suerte de deporte nacional, consiste en construir un pedestal de plomo, revestirlo en oro, y dedicarnos a elevar a lo más alto a quienes destacan en alguna faceta de la vida. Lo curioso es que el afán no es adulador, sino cínico, porque pocas cosas nos divierten más que tambalear entre todos nuestro pedestal y ver caer desde las alturas al ídolo popular. Así una y otra vez, y lo peor de todo es que parece entretenernos.
Confieso que no conozco tan a fondo a la sociedad argentina en su conjunto, pero sí cuento con una vaga idea sobre su modo de actuar respecto al fútbol, y aquí reside una diferencia casi sangrante. Sólo ver la preocupación sincera, el cariño y la conmoción que causa cada nueva recaída de Maradona debería hacernos reflexionar. La representación es justo la contraria: el ídolo subido al pedestal más alto jamás edificado parece luchar por saltar definitivamente al vacío mientras todos los demás le intentan disuadir e incluso tratan de amortiguar la caída con su propio cuerpo. Lo que nos debería llevar a meditar si somos aún una sociedad troglodita, o simplemente nuestro fútbol carece de fuerza identitaria y cohesionadora.
Como tantas veces hemos dicho, el fútbol en Argentina sólo puede explicarse a partir de la pelota, como el inglés vive por y para el espectador y el español sólo se preocupa de sus jugadores. Y dado que no ha existido nadie que se haya relacionado con la pelota como lo hacía Maradona, toda la fuerza del fútbol sigue apoyándole incluso ante comportamientos personales que causan sonrojo. Tan absurdo es acercarlo al sentimiento religioso como abandonarlo a su suerte después de habernos hecho tan felices, y lo que allí son mensajes de dolor y apoyo e incluso oraciones, aquí serían cámaras ocultas tratando de captar la imagen más doliente del incauto que accedió a subir a nuestro pedestal.
Para los que viven el fútbol como algo más que un recurrente tema de conversación sin contenido, cuidar en estos momentos de Maradona es casi una obligación, porque simboliza cosas muy importantes. Primero, el número diez, el signo más cercano a la perfección; para los más histriónicos, representa lo más cercano a un Dios terrenal en los tiempos del agnosticismo convencido; y, sobre todo, Diego encarna la unión entre un pueblo y un líder, un pueblo y unos colores, y eso es lo más cercano al sentido verdadero del fútbol.
Un año da para mucho, aunque la sensación diaria que rastrea es de una fugacidad vertiginosa. Los días y las noches se suceden tan deprisa que no da tiempo real a disfrutar un éxito ni reflexionar un fracaso porque el siguiente reto asoma el pantalón. Supongo que la vida no se reduce a eso, que lo que importa es lo que hacemos y cómo lo hacemos, y que las penas divagan hasta que encuentran la debilidad, por lo que tener las ideas claras es el primer paso para la felicidad.
Un año da para tanto que a mí me ha dado tiempo a empezar algunas cosas, acabar unas pocas y permitir el derribo, por débil, de muros de contención de mi propia casa. Así que repartir el tiempo entre las obligaciones y las pasiones me parece la mejor receta para el desescombro; sin asideros y con menos apoyos que hace doce meses, sentirme orgulloso de este blog y de la gente que lo leéis y enriquecéis es una buena noticia que necesitaba escribir. En ésas estamos …
(Como es tradición, recupero uno de los posts antiguos como "celebración". Lo escribí en un día muy especial, y además viene a cuento porque la Liga se ha vuelto a parar con partidos internacionales de selecciones y al día siguiente jugaban Brasil y Argentina.)
LA OBSESIÓN NACIONAL
Vuelve el fútbol de selecciones y con él la atención del gran público se gira de nuevo hacia ellas. En el objetivo del telescopio, la Eurocopa de 2008 que, como aún queda tan lejos, da pie a que todavía podamos hablar de otros aspectos alejados del fragor competitivo y del círculo virtuoso de lo que interesa en cada momento. Por ejemplo, tenemos tiempo para hablar de todo lo que representa el fútbol en relación a la identidad nacional de cada país. Si la sociedad se mundializa, va el fútbol detrás y hace lo mismo (¿o empezó el fútbol por globalizarse?).
Roberto Fontanarrosa es un escritor e ilustrador argentino que dedicó su segundo libro, El área 18, a una de sus pasiones: el mundo del fútbol. Cuenta el gran Fontanarrosa la historia de un pequeño país africano, Congodia, carente de historia y tradición y recientemente independizado. Es un conglomerado de tribus, lenguas y ritos religiosos unificado sólo en torno al fútbol: sus calles principales tienen el nombre de los míticos jugadores congodios, sólo existen monumentos dedicados a chilenas y paradas del portero, el Museo Nacional expone un fémur de no sé quién, ... Empezaron a plantear partidos contra países limítrofes para conseguir permisos para cazar en cotos vedados, poblaciones de leopardos y hasta una salida al mar por Kenia. Incluso la independencia la alcanzaron ganando un partido de fútbol.
La linealidad entre fútbol y patria, de la que hoy nos acordamos aproximadamente cada cuatro años, subyace con belleza en este libro. Lo que pasa es que Fontanarrosa todo lo exagera, como buen argentino que es, y para hacer honor al propio carácter exagerador del fútbol. Así, en su novela, el fútbol no sólo se asemeja a la patria y refleja aspectos esenciales de ésta, sino que crea la patria.
El área 18 narra cómo se prepara un partido de Congodia ante un equipo multinacional con el que se juegan la patente para vender Coca Cola en toda África. En ese equipo internacional no falta el futbolista español, ni el italiano ni el alemán ni, por supuesto, el argentino. Cada uno de ellos refleja el perfil estereotípico de cada país, la obsesión de cada uno en el campo y en la sociedad: el español hace continuas alusiones al orgullo y a la "furia", el italiano disfruta defendiendo y hablando de cómo aguantar al rival sin sufrir y el alemán sólo entiende el fútbol en términos de eficacia. ¿Y el argentino? Pues se dedica a contemplar el balón en el centro del campo mientras todos los demás corren y corren.
El futbolista argentino vive obsesionado por el balón, del mismo modo que toda Argentina se queda embobada contemplando uno. En un país donde se admira más desde niño al habilidoso que al que más goles hace o más fuerte le pega al balón, donde quien recibe la pelota en medio campo tiene casi la obligación de jugarla y no devolverla, el balón es la verdadera obsesión y la selección el estado de ánimo de la colectividad. Yo no aspiro a tanto, pero sí que tengo mis propias obsesiones. Mañana juegan Argentina y Brasil, y muchas de esas obsesiones se me harán presentes. Es sólo un partido, es sólo un amistoso, pero mueve detrás demasiadas cosas como para no verlo.
Un grupo de coordinadores de Lezama, presuntos expertos en el fútbol base, se ha dedicado con afán a determinar las causas del difícil momento que vive la cantera vasca en general y, por lógica extensión, el Athletic en particular. Ojo a las conclusiones: los niños ya no juegan al fútbol en la calle y en los parques tanto como antes (entre mundos virtuales y prohibiciones ecologistas, se dedican a otras cosas), y los niños deben entrenar más horas, para lo que es necesario reformar la Ley Vasca del Deporte. No hay duda: el Athletic vive un momento de crisis a todos los niveles porque en los parques se prohibe jugar a la pelota. Perderse en disquisiciones acerca de la relación proporcional entre el talento y las horas de trabajo es simplemente eso, perderse. Porque ni explica los factores tradicionales de la cantera vasca desde arriba hacia abajo, ni potencia las ventajas diferenciales de abajo a arriba; y, ni mucho menos, hace autocrítica o analiza los errores en la contratación de responsables técnicos, en la demarcación de líneas de trabajo o en el descarte de futbolistas válidos. Claro que mientras no se pueda pisar el césped en los parques y las clases de inglés terminen tan tarde, no hay nada que hacer.
Segunda muestra: Terry Venables, ayudante de Steve McClaren en la selección de Inglaterra, achaca en unas sesudas declaraciones el mal momento del equipo nacional a la masiva llegada de jugadores foráneos, y señala como uno de los responsables individuales, por su política deportiva, a Arsène Wenger. Los inventores del fútbol no juegan ni a los bolos y se han complicado el pase a la Eurocopa porque el Arsenal se ha convertido en cantera de la aldea global y los imitadores crecen en las Islas; tampoco gana nada Inglaterra desde 1966 porque cada vez hay más técnicos y futbolistas extranjeros que desnaturalizan el estilo histórico británico (fenómeno exclusivo de la Liga inglesa, dicho sea de paso). ¿Cómo no hemos caído antes? Claro que reconocer que uno maneja la generación de más talento de los últimos años y ni siquiera sabe si le interesa tener o no la pelota es más complicado.
Son sólo dos ejemplos de dos entidades históricas que no pasan por su mejor momento, aferradas a la tradición de siempre pero agarradas ahora a explicaciones peregrinas. La Sociología es tan extensa que uno suele sentirse cómodo en ella, diga lo que diga, y tan voluble que acoge teorías de lo más variopinto. Pero es que estamos hablando de fútbol.
Acabamos de vivir un fin de semana vergonzante en el que el fútbol se ha metido por méritos propios en las crónicas de sucesos. En Sicilia, un policía ha sido asesinado a las puertas de un estadio en medio de unas revueltas criminales y unas imágenes aterradoras. Acaso lo más preocupante no sea que esto pueda llegar a suceder en torno a un partido de fútbol, sino que no constituye un hecho aislado, sino la continuación de una violencia creciente e inflamada de la que algunos avisaban con los ojos preocupados y ahora todos temen con el alma encogida.
Muchas veces hemos comentado que el fútbol es un espejo que nos devuelve la imagen de nuestra sociedad a fragmentos muchas veces distorsionados; no nos confundamos: el espejo no es quien distorsiona, somos todos los que formamos esa sociedad. Por eso, la explicación de que la violencia existe en el mundo y el fútbol no puede escapar a ello no vale en este caso. En Argentina, las "barras bravas" controlan buena parte de la adjudicación de entradas, extorsionan a los dirigentes e incluso a los jugadores, obligándoles a perder según se perjudique o no a otros criminales rivales; en Palermo, los Warriors organizan batidas para asaltar y linchar a aficionados rivales y policías, dominan su Curva del Renzo Barbera cobrando una tasa a todo el que se decide a ver un partido desde allí y se cree que se financian con el tráfico de drogas; en Holanda y en Alemania, grupos ultras y neonazis tienen prohibido, bajo amenazas, a sus clubes fichar jugadores de raza negra o religión judía, ... Y así podríamos seguir durante un buen rato. Esto no es simple violencia, es crimen organizado, Mafia con mayúsculas que sigue echando raíces en nuestro despreocupado fútbol. Siempre es recomendable escarbar más allá de un hecho concreto y fijarse tanto en lo que vamos descubriendo como en los restos que quedan en la uña.
Pero además, concretamente en Italia, sigue suspendido el fútbol, y se van a adoptar medidas que irán desde prohibir los viajes organizados hasta decretar la puerta cerrada en algunos campos. Pagan justos por pecadores o, lo que es lo mismo, se aleja a la gente del fútbol. Como este deporte creció tanto, tras su conversión en fenómeno de masas, desapareció el sentimiento del corazón de los jugadores; las urgencias del resultado inmediato y el pragmatismo social imperante alejaron al fútbol de la pelota. Ahora, la incapacidad de unos y la bajeza moral de otros empiezan a alejarlo de la gente. Este mundo sigue perdiendo contacto con sus bases elementales. ¿A qué estamos jugando?