El tiempo y la memoria son realidades tangibles en el mundo de los sueños, lo que permite a la gente moldearlas a su antojo. O, al menos, eso pensamos. Hay quienes viven el presente continuo, creyéndose tan modernos como el momento que suponen vivir y tan clásicos como el adagio “carpe diem” que engaña a su vista. El tiempo se les escapa entre las manos en un perpetuo cambio del futuro a pasado. Los hay que sólo viven del pasado, eternos infelices sin visión ni perspectiva, fugaces retornos al recuerdo dando la espalda a la vida. Pero resultan mucho más interesantes aquéllos que sólo dan valor a la eternidad. Ponen en valor únicamente lo que perdura, las cosas no valen por lo que hoy se dirá de ellas sino por cuánto tiempo se seguirá diciendo.
Es difícil imaginar un mundo de sueños más real que el fútbol, un lugar donde se moldeen el tiempo y la memoria más accesible que un estadio y una sociedad más segura de la eternidad que el Real Madrid.
Suele decirse que somos más comprensivos con la mediocridad que con la excelencia, y supongo que la cercanía inconsciente tendrá algo que ver. Tal vez por eso nos cueste tanto admirar al madridismo, sea por pertenencia familiar o, al menos, por vecindad civil. Desde la vecina aldea de corazones rojiblancos, nuestros respetos a los más grandes: “Sueñan contigo, Fortuna, los cometas de la capital. No sacian su sed con el éxito, con conocerte y que les sonrías. Buscan la gloria, escribir ellos la Historia, que todos envidiemos su memoria. Visten de blanco, el cielo inmaculado, escudo coronado de adornos de laurel. Campeón de campeones, se alimentan de exigencia, les exigen la excelencia donde quiera que estén”.
La leyenda del Real Madrid se ha forjado sobre unos valores inquebrantables, una cultura basada en al ética del esfuerzo y la superioridad y unas personalidades a la altura de tan petulantes convicciones. En la conciencia del fútbol, sobrevive como la Grecia clásica del juego occidental: cuna del arte y la medida de la belleza, la cruel exigencia de la victoria, sus mitos y epopeyas, sus dramas y sus tragedias. En un mundo como el actual, estos fanáticos de sí mismos asustan por lo que han conseguido.
El más fino analista que conozco dijo una vez que el Real Madrid es Esparta. Gloria o muerte. Matas a hierro a los enemigos o mueres a hierro entre el madridismo. No mires atrás, vístete de blanco y asume el peso de la grandeza. La épica es el camino más corto que conoce esta gente hacia la trascendencia. Sobrevive como un héroe o asume una muerte heroica. Sin eternidad ni heroísmo jamás reconocerán haberte conocido. La educación espartana estaba dirigida a la guerra y al honor, de ahí que las madres alentaran a sus hijos antes de partir al combate: “Vuelve con el escudo, o hazlo encima de él”. En ese caso, sacudirán tu recuerdo y se lo entregarán al siguiente aspirante a héroe por los siglos de los siglos. Esto es el Real Madrid. Gloria o muerte.
Desfilan los pontífices de la victoria con su casulla blanca inmaculada y la estola dorada. En pie el mundo del fútbol, cortesía a los que dominan. Todos quisiéramos ser tan grandes como ellos. Siendo nosotros mismos, por supuesto, pero tan grandes como ellos.
Sueñan contigo, Fortuna, los cometas de la capital. No sacian su sed con el éxito, con conocerte y que les sonrías. Buscan la gloria, escribir ellos la Historia, que todos envidiemos su memoria. Visten de blanco, el cielo inmaculado, escudo coronado de adornos de laurel. Campeón de campeones, se alimentan de exigencia, les exigen la excelencia donde quiera que estén.
Otros sueñan distinguidos, la corbata y el “seny”, lo cosmopolita de lo diferente, fumando la pipa del orgullo y el estilo. Despliegan, abruman, asombran cuando suman. Cierran un ciclo para encender la luz de otro, con la voz rasgada y las pupilas dilatadas. Les define una “pulga”, un pibe, el talento brutal que se exhibe.
El sueño de una noche de verano rompió el alma del Nervión. El drama en directo les hizo fuertes: una idea, un recuerdo en vida por el que luchar, una Puerta al paraíso de lo intangible. Juntos lloraron, juntos gritan, la fuerza del sur excita sabios corazones de antracita. Tienen un color especial, la pasión y muerte sobrenatural.
Sueños de grandeza, de tornar el pasado en presente a orillas del río de la comunión. Una voz, una verdad, que rasga el cielo al sur de la gran ciudad. Ya no hay pupas, no hay excusas, heridas ni cicatrices perdidas. Hay aún un sitio entre los elegidos, reservado con apellidos, recuperar el tiempo perdido es el reto en este sentido.
Perdieron el sueño y en la vigilia se han olvidado emblemas y personas, pero nunca la identidad. Una pesadilla de madrugada, con luz y taquígrafos, la sangre, la horchata y la chufla general. Vuelven sin verdugo, vivos y enteros, con el guardián alado de su escudo. Romper la tendencia, saborear de nuevo las esencias, dormir a pierna suelta en la luna de Valencia.
La vida es sueño. Lo cantaban los románticos y lo susurran los nostálgicos del ayer. Soñamos con otro fútbol, con un juego, una idea, un pueblo. Soñamos despiertos porque tememos no volver a abrir los ojos. Soñamos con las manos vacías y los ojos desbordados de emoción. Soñamos en guardia porque hemos aprendido los riesgos de la confianza. Soñamos de pie porque jamás moriremos de rodillas. La Liga es sueño, metáfora de la vida, recinto de leones que rugen en una reserva natural. La Liga es sueño y los sueños, sueños son.
La cadena de estrategia que une al poder político, el general y los soldados de arriba a abajo ha sido, históricamente, un factor clave para los imperios. Allí donde uno pueda imaginar un tablero y el triunfo consista en pequeñas victorias sucesivas, tener una idea y contar con los elementos para llevarla a cabo es el camino más corto para ello.
En el siglo III a. de C., la guerra de los mercenarios, que culminó con el sometimiento por Roma de los insubros, desveló a Cartago que debía expansionar sus dominios. Aníbal conquistó el norte de África y la Península Ibérica, y se aprestó, tras pactar con los galos, a atacar Italia con todo el peso de su poderoso ejército. Una vez atravesó los Apeninos (donde perdió un ojo), Roma fue consciente de la situación de emergencia, y nombró dictador a Q. Fabio Máximo, cuya estrategia de evitar los grandes enfrentamientos y dificultar el aprovisionamiento de las tropas cartaginesas dio pronto sus frutos. Pero los jóvenes y enardecidos senadores romanos no compartían esta idea dilatoria y no volvieron a elegir a Q. Fabio dictador al año siguiente. Aníbal empezó a masacrar a las tropas de Roma, que lo intentó todo (enterrar vivos a dos galos y dos griegos en el Foro Boario, sacrificar a dos vestales acusadas de estupro, ...) antes de retomar la estrategia de Q. Fabio: evitar los grandes duelos y prolongar la guerra, lo que desmoralizaría a los hombres de Aníbal, mercenarios en su gran mayoría, quienes ante la falta de botines inmediatos empezarían a desertar.
Aun a riesgo de resultar repetitivo, se percibe de nuevo la sencilla analogía del Real Madrid con el imperio romano. Tras el ocaso de los dioses, confió la suerte de sus incursiones deportivas a dos entrenadores que, a grandes rasgos, tenían mucho en común: entendían el juego de ataque a partir del robo y armado instintivo de la transición, entendían la comodidad en el campo teniendo la pelota el equipo contrario. Luxemburgo y Fabio Capello no imaginan la burla y distracción que precede cualquier acción de ataque haciendo circular el balón hasta el momento preciso, sino replegándose y pareciendo un equipo del montón. La idea, como cualquier otra, es válida, pero la falta de coherencia la ha desvirtuado.
Primero, porque se intentaba jugar así con cinco futbolistas sin ojos en el cogote y que sólo sabían pedir la pelota al pie; y después, porque se sustituyó al segundo general en jefe por otro, con la misión de cambiar de idea, pero armándole con soldados que dominan mejor la transición que la posesión, la aparición que la estancia, la sorpresa salvaje que la paciente seducción.
En verdad, este cambio de idea parece impuesto desde fuera: esa nebulosa de intereses e imposturas que nos impiden ver al Real Madrid como un club normal y corriente. De ahí cuelgan quienes medran con la información (el Madrid es tan grande que a cualquier detalle se le llama noticia), quienes presumen de lo que no son (el Madrid ha ganado tanto que se le pegan aficionados de quita y pon, poco proclives a sufrir) y quienes disfrutan careciendo de pasión (el Madrid da tanto juego que algunos imaginaban ya un pasillo deshonroso del eterno rival en enero).
Si rascamos todo eso con la uña, nos encontraremos el corazón de un equipo como cualquier otro, personas convencidas de unos valores y una historia, que exigen mucho porque siempre han dado más y tienen la suerte de estar acostumbrados a la victoria y a no poder recordar todos los títulos que han celebrado. Me hace gracia la confusión de todo esto con prepotencia: la potencia se supone de antemano siempre que uno es grande en competición.
Imaginemos un equipo que no acepta ser segundo, en el que los árboles del ruido mediático no dejan ver el bosque del respeto a un historial; que sólo ha vivido una alegría poco valorada en cuatro años y se siente un poco más lejos de las élites que hasta hace poco dominó; un equipo que, en la derrota, siente sus rasgos desvalidos porque a nadie parece interesarle que existan: los laureles del siglo, el compromiso con el esfuerzo, la brillantez indiscutible, las mocitas madrileñas, la máxima exigencia, el blanco impoluto. Pongamos que hablo del Madrid.
Es curiosa la capacidad del fútbol para generar talentos de dudoso aprovechamiento. No resulta fácil encontrar otro juego en el que jugadores con las mejores condiciones innatas se despidan sin margen de gloria entre el aburrimiento y la vulgaridad. Una prueba más de la extraordinaria complejidad que encierra un mundo en apariencia tan sencillo.
Los hay que no se ubican en el campo, y entonces pierden el sentido del juego. Suelen ser víctimas del cambio climático futbolístico: la desaparición del atrevimiento y el deshielo de la mezquindad del resultado; una suerte de especies en extinción sin reserva natural disponible.
Algo así le ha debido de ocurrir a Recoba, un jugador fenomenal, una pierna izquierda descomunal, un coronel de la pelota que no tiene quién le escriba. No tiene fuerza para jugar en banda, ni recorrido para hacerlo en el pivote, ni espacio para respirar en el área. Así que nos hemos acostumbrado a verle en un banquilo y ya a nadie le sorprende. Lo que no tiene es perdón de Dios.
También los hay que pierden el sentido del juego, y es entonces cuando no se ubican. Les define la inconsistencia, no entender que vestidos de calle siguen siendo futbolistas, la inconsciencia del que no sabe seguir siquiera un camino marcado. Son verdaderas gambas de carne y hueso: sus piernas, su cuerpo y su corazón valen su peso en oro, pero la cabeza la absorbe todo lo que rodea al fútbol.
Adriano atravesó un drama personal y en vez de tomar al fútbol como obligatoria excusa para mirar hacia adelante, lo recibió como un motivo más de preocupación. La fuerza destructiva del alcohol como refugio de incautos y una personalidad de chicle hicieron el resto, así que quien esté interesado en seguir ahora sus andanzas debe aficionarse al Torneo Paulista.
Es un lujo impracticable, como el de la señora ricachona y obesa que se compra vestidos de alta costura y sólo los puede mostrar a los más allegados bien planchados en el armario.
En asuntos de recorrido, nada ocurre por casualidad, pero algo pasa en el fútbol cuando hay tantos genios en la penumbra y tantos mediocres acaparando todos los focos.
Un domingo de enero. Día reservado al fútbol, mes dedicado a promesas de incierto futuro. En definitiva, un momento ideal para que todos reflexionemos un poco: desde el primer directivo hasta el último aficionado, el entrenador que más grita y el árbitro que menos escucha, periodistas, columnistas, presuntos expertos, y por supuesto los jugadores, que para eso definen el juego. Quienes viven en este mundo y quienes nos acercamos todo cuanto podemos mientras ruedan nuestras vidas.
Cada problema que rodea al fútbol es un síntoma de que nuestra pasión colectiva está expuesta a riesgos de desnaturalizarse y todos somos un poco responsables de que no suceda. Hagamos del fútbol un lugar donde tantas ilusiones depositadas alimenten sueños de porvenir.
Llegaba el Real Madrid al campo del Levante con unos números de asustar y una hoja de servicios inmaculada para medirse al peor equipo de la Liga en mucho tiempo. Aunque parezca mentira, unos problemas estomacales de su portero mantuvieron en vilo a todo el mundo, como si la inmensa distancia entre los rivales dependiera de quién jugara con guantes. Claro que si el que se los pone es Iker Casillas todo parece algo más lógico, acostumbrados como estamos todos a su papel estelar. Así que resulta que en el equipo más fiable de las últimas décadas marca la diferencia un jugador que nunca sale del área propia.
El Barcelona ha armado una plantilla repleta de fenómenos con un arsenal de talento en stock sin comparación. Arranca la Copa de África y Samuel Etoo se marcha a Ghana un mes. Aunque parezca mentira, la reunión de lo más granado de la galaxia busca voluntarios a mano alzada que aporten el orgullo y el gol que se marchan con Etoo de excedencia.
Total: hay individuos cuya presencia o ausencia genera ansiedad a todos.
La temporada del Milan estaba siendo desangelada y mustia después de ganar la Liga de Campeones y no renovar ilusiones en verano. El campeón de Europa no había ganado un solo partido en su campo y deambula en la clasificación de la Serie A no se sabe muy bien por dónde.
Pero bastó ver debutar a Pato y todos se soltaron la melena: San Siro se llenó de pancartas y ruidoso colorido, Ancelotti alineó dos delanteros, Ronaldo jugó, corrió e hizo dos goles, ... Aunque parezca mentira, al equipo más laureado del nuevo siglo sólo le ha devuelto la sonrisa un jugador joven que sólo puede iluminar el futuro.
El Valencia vive momentos de convulsión a todos los niveles que uno pueda imaginar. El entrenador ha decidido quitar de enmedio a tres de los símbolos recientes del club. Aunque parezca mentira, entre todas las opciones que tiene un equipo grande para mirar hacia adelante con optimismo, se ha optado por eliminar tres caras singulares visibles del pasado reciente que se quiere olvidar.
Total: hay individuos cuya capacidad para afectar las ilusiones es tremenda.
Cuando prima el trabajo en grupo y la generalización relativizada de las ideas, nos tenemos que manejar en términos globalizados y el bosque da escasa importancia a los árboles, reconforta descubrir que el juego aún pertenece a los jugadores.
Para los que viven su pasión por el fútbol desde la absoluta soledad, comprobar que en un mundo tan colectivo el individuo es tan importante es todo un alivio.
Cerró la puerta de casa como si tal cosa, pretendiendo una normalidad rutinaria que no conseguía sentir. Hacía ya bastante tiempo que odiaba las fechas señaladas, ésas en las que todos se reúnen para celebrar algo, porque le obligaban a tomar conciencia de su situación, a recordar dónde estaba y de dónde venía, a caer en la cuenta del baile de máscaras de su día a día como macabra ficción de felicidad. No tenía con quién reunirse, y ni mucho menos había nada que celebrar. Tal vez por eso festejaba lo cotidiano, cuando no podía salir a la luz la oscura gruta en que se había convertido su intimidad. Tal vez por eso no soportaba los días que tenían alguna significación especial.
En un arrebato de dignidad, dejó la comida sobre la mesa del salón, entró en el vestidor y se puso su mejor camisa con la corbata azul de seda del último aniversario. Cuando empezó a peinarse delante del espejo, escuchó la sintonía y se apresuró a terminar: empezaba el discurso del Rey y las tradiciones hay que guardarlas. Mientras desenvolvía la cena y se desataba el olor a fritura, cerró los ojos y trató de sentir los trazos de normalidad que tenía la situación. El hambre le golpeaba como cada noche, estaba igual de cansado que siempre y si bajaba el volumen de la televisión, reinaba el mismo silencio que le asustaba desde hacía meses. Intentó abrir los ojos, cenar y prestar atención a las palabras de Su Majestad.
Apuraba la segunda hamburguesa y el reloj reveló la hora clave: las nueve y media. No sabía muy bien por qué, quizá para dar los regalos a los niños a medianoche, pero era tradición a esa hora sentarse todos a la mesa, desenfundar la servilleta roja del nudo de Papá Noel y bendecir la mesa. Nada que molestase podía quedarse allí, ni siquiera el móvil de ella, el mismo que había interrumpido tantas noches de amor cuando una urgencia le reclamaba. Pertenecía a su vida anterior, pero no olvidaba ahora tampoco guardar las tradiciones. Cuando aquel pensamiento se convirtió en lágrima, decidió que ya había sido suficiente humillación.
Se sentó en el cabecero de la cama y dejó las gafas lentamente al lado de la foto. No recordaba exactamente el día de la misma; la ubicaba en algún momento entre el primer recuerdo y la última nostalgia, le martilleaba el corazón antes que la conciencia pero le servía a sí mismo para demostrarse que tuvo una vez una vida mejor. Apagó la luz después de besar el escudo de yeso bañado en plata como cada noche y trató de disfrazar su amargura de pasión, tiñendo sus pensamientos de rojo y blanco, abrazado a su esperanza de un futuro mejor para un equipo que se arruinaba al mismo tiempo que su propia existencia. De repente, le asaltó una reflexión: lo único que conservaba de su vida anterior eran sus colores porque, a diferencia de todo lo demás, no podía decidir sobre ello. Había conseguido quitarse de encima todo lo que significaba algo para él y estaba en su mano, en una autodestrucción más cobarde que suicida. Ya nada dependía de él, ni siquiera una devoción futbolera que permanecía a su lado mientras todo lo demás perdía su sentido sin que nadie se compadeciera de él. Respiró hondo y pensó qué habría en la nevera para comer al día siguiente.
No corren buenos tiempos para las exposiciones de motivos. Alguien tuvo la ocurrencia de que el fútbol tenía tal éxito por su sencillez y todos los demás lo celebraron: "Estupendo, así no tenemos que dar explicaciones". Si añadimos que el análisis y el estudio no mueven tanto el ánimo de la gente porque al esfuerzo no lo valoran como meritorio, la desafección de la pelota era inevitable.
En el tránsito hacia la modernidad, el fútbol se universalizó en espectáculo de masas y, para acortar el camino, se dejó atacar por la falacia de la practicidad, el resultadismo, "el bacilo de la eficacia" en palabras de Ángel Cappa. El triunfo del cuánto sobre el cómo, la meta como obsesión sobre el camino como diversión, nada nuevo bajo el Sol. Y en el medio, como elemento de inquietud, vuelve la pelota.
Una vez leí a un presunto intelectual en El País que de fútbol nadie entiende ni puede entender porque vive sujeto al elemento del azar. ¿Por qué? Porque la pelota es redonda.
Más allá de las ideas peregrinas de algún sector de la intelectualidad al referirse con desprecio al juego de masas, lo cierto es que el balón es caprichoso, y requiere tantas complicaciones como preocupaciones exigen las cosas de bella factura. La pelota obedece a quien la cuida, y eso necesita precisión, y la precisión necesita tiempo: demasiada excentricidad para el fútbol simplificado de nuestros días.
El fútbol había sucumbido a la seducción del simplismo, así que pasamos de la falsa premisa de que en el centro del campo se ganaban y se perdían los partidos a colocar ahí un par de sujetos de idéntica vestimenta. Sólo importa lo que ocurra en las dos áreas, la del miedo y la del éxito, el fracaso o la gloria, olvidando todo el disfrute que hay en el camino que separa una de otra: por azar o por simplificar, hagamos que parezca un accidente.
En el discurso futbolístico de hoy se analiza la presión, se estudia la debilidad del rival, se perfeccionan las distancias entre líneas, se diseñan segundas jugadas, rechaces y estrategia. ¿Le interesa a alguien la pelota? Casi todos diseñan su juego partiendo de la premisa de que el balón lo tienen los otros, la mayoría se sienten más cómodos si no cargan con la posesión. ¿A qué estamos jugando? No debe de andar lejano el día en que los dos equipos se muevan en perfecto compás mirándose los unos a los otros sin percatarse de que no hay ninguna pelota en el campo.
Voy más allá: propongo eliminar las porterías y colocar dos muros de pared en las bandas para inventar otro juego, a ver si así nos entretenemos algo más.
La era digital permite a un aficionado cualquiera visitar distintos torneos y modos de entender este deporte con un solo movimiento de dedo; es simple: visitamos una decepción tras otra sin solución de continuidad. Por eso es reconfortante encontrar ideas cristalinas y sabrosas como un oasis en un mar de arena. El Milan de Carlo Ancelotti gravita en torno a un genio del pase y la dirección, un futbolista bello y eficaz, que necesita tener la pelota para disfrutar y hacer jugar a sus compañeros y relamerse al personal que observa. Andrea Pirlo representa la apuesta por la lógica y la pureza futbolística, preciso en la entrega corta, milimétrico en el desplazamiento en largo, precioso en el golpeo de balón. El equipo le ha construido una jaula de diamantes para protegerlo de las barbaridades que nos rodean, con dos albañiles por detrás y dos violinistas por delante. Uno imagina a Pirlo en el campo con un esmoquin y una batuta, agitando con vehemencia los brazos y la cabeza mientras hace sonar la orquesta milanista del triunfo.
Decía Jorge Valdano que jugar contra un equipo sin ningún interés atacante es como intentar hacer el amor con un árbol. Si Pirlo dirige la melodía de seducción, hasta una rama seca cobra atractivo y la unión entre especies se hace posible. La belleza siempre supo interpretar la danza del cortejo; la virtud erótica de la precisión hace temblar las raíces de las plantas ardientes de deseo.
Decía Parménides que la música que no describa algo no es más que ruido, y la fuga de sonidos en que consiste el fútbol requiere tener claro lo que uno dice y escucha para que las palabras no se las lleve el viento y la música pueda dar forma al silencio en la manera en que el jarrón da forma al vacío. O, al menos, para que no tengamos que oír sinfonías chirriantes.
Primer ejemplo: se ha extendido la práctica de guardar un minuto de silencio simbólico antes del comienzo de los partidos como costumbre vinculante de progresismo. Como hoy en día todo parece ser relativo, progresista es cualquier cosa y populista casi todo. En un momento crucial de la liturgia previa al juego, se rompe el desgarro de acordes para conmemorar sólo unas cuantas almas asesinadas. Viene a ser algo así como sustituir la música por ruido, pues pocas cosas hay tan ensordecedoras como un estadio en silencio. La demagogia es tan descuidada que cae en otras dos contradicciones: si por cada drama que conocemos nos tenemos que callar, no haríamos otra cosa en la vida que guardar silencio; y en todo caso, si el drama concierne al fútbol y decidimos llorar juntos, hagámoslo en silencio verdadero y prescindamos de los tonos lacrimógenos de fondo.
Segundo ejemplo: uno acude al Bernabéu, templo sagrado del fútbol, se marca un gol y comienza a sonar una horrible música festiva seguida del grito desgañitado de un speaker tratando de hacer partícipes a todos de su pasión remunerada. Viene a ser algo así como sustituir el ruido por música, pues pocas cosas hay tan sagradas como el estruendo natural al celebrar un gol. Una vez más, la tradición comienza a resentirse ante una supuesta obligación de ceder ante la modernidad. Si en la ópera a nadie se le ocurriría interrumpir a gritos la escena central de la función, pido el mismo respeto artístico para el fútbol: que no se acalle el momento culminante del juego con música que no viene a cuento.
Este último ejemplo me lleva a una última reflexión: cuando uno entra a un campo de fútbol, tiene más poder del que cree, pues un equipo no deja de ser el espejo del carácter de su afición. Sólo pensar un poco en algunos de los clubes más significativos refrenda esta impresión.
Pues bien, la afición del Real Madrid, coherente como pocas, interioriza el triunfo como algo cotidiano, y a partir de ahí se pone a exigir. El Bernabéu es un foro exquisito, intransigente, que valora el talento y el esfuerzo por encima de todas las cosas. ¿Qué pretenden? ¿Una afición de chirigota, que aplauda cualquier cosa y entone cánticos al margen de los símbolos? Lo hemos dicho alguna vez: miren, esto no es cualquier cosa, esto es el Real Madrid.
Stefan Zweig afirmaba que la mejor táctica que podía utilizar un cazador de faisanes era imitar su grito de celo. Sólo faltaba que el faisán se ponga a hacer el indio y a imitar el grito de celo de su cazador, poniéndose al descubierto. Sólo faltaba ...
Aprovechando que el mundo se globaliza, es más fácil para todos ver rodar la pelota en cualquier rincón del planeta, hacemos nuestros los ídolos entronizados en otros reinos y manejamos mercados ajenos como nuestra propia cesta de la compra; aprovechando que el globo se mundializa, los grandes buques lanzan sus robustas redes relativizando el concepto de frontera como artilugio trasnochado y el de infancia como mera fase previa a la presa adulta.
El planeta es ahora una aldea global en la que no hay secretos ni tesoros ocultos, caladero común de quienes pervierten una inocencia interrumpida a la que queda por delante todo un proceso de madurez física y mental para aparecer como el abajo firmante. Así que la costumbre terráquea ofrece alternativas: oferta de trabajo al padre de la criatura, nueva casa, coche y colegio para la familia, ...
Ahora que todos se asombran ante el florecimiento futbolístico del trabajo de captación y educación de jóvenes talentos del Arsenal de Arsène Wenger, Michel Platini se ha decidido a defender la esencia del fútbol, a salvo de acusaciones aprovechadas. El presidente de la UEFA ha criticado el fichaje indisciminado de niños y adolescentes como base del trabajo de cantera porque es injusto, fomenta la desigualdad e incluso se nos plantea que encierre cierta ilegalidad, salvaguardada por la incierta normativa aplicable. Seducir con el brillo del dinero, el humo de la gloria prematura o el anzuelo del mundo desarrollado es insostenible ética y deportivamente y ataca a los principios más elementales del fútbol. Como la ética causa risa porque no está de moda y el deporte huye de textos enrevesados, habrá que sentarse a regular.
Podrán justificar todo esto quienes no ven en el fútbol más que un espectáculo. Si sólo me vengo a divertir, entreténganme y muestren todo lo que tengan. Pocas cosas tan espectaculares como la llegada de nuevas y jóvenes atracciones, cuanto más exóticas mejor.
Tampoco pediremos comprensión a los que sólo entienden al fútbol como un negocio. Las inversiones arriesgadas y los depósitos de renta variable con la salsa de su vida, no entienden de almas sino de números y están en este mundo tan sólo de paso.
Solamente quedamos quienes vivimos el fútbol como un juego; un juego que representa mucho de lo que somos y casi todo lo que sentimos, una batalla pacífica de ideas, la forma de una pelota manchada con unos colores que no sabemos por qué nos acompañan desde que nacemos, pero sí sabemos que estarán con nosotros hasta que muramos.
Dos imágenes llamativas nos ha dejado el fútbol europeo en las últimas semanas: la de un equipo campeón de su país y súper profesionalizado, arrodillado ante su público después de una derrota sonrojante; y la de un maduro y aterrado aficionado turco, llorando a lágrima viva ante la humillación que estaba sufriendo a miles de kilómetros de su casa.
Quien dedica su tiempo a esto es perfectamente capaz de dedicarlo a otra cosa cuando se aburra o encuentre una diversión nueva; quien invierte su dinero es perfectamente capaz de llevárselo sin dar explicaciones ni sentir remordimiento; pero quien ofrece su corazón es incapaz de desentenderse porque los sentimientos no se adquieren con el tiempo ni a cambio de dinero.
La aldea global gira en torno al fútbol, cierto; pero sólo unos cuantos aldeanos cuidamos verdaderamente de él.
No hay duda de que el juego de ataque de un equipo consigue vitalidad con la movilidad, respira aire con los envíos al espacio y adquiere plenitud con la amplitud. Ya lo dijimos hace algún tiempo: en el mundo de relaciones afectivas que supone el fútbol, hay muchas maneras de vibrar, alguna menos de emocionarse, pero sólo existe una forma de orgasmo colectivo: el gol. Y cuando éste procede de una seducción hacia un costado, un desnudo en la banda y un remate sin pensarlo penetrando por el centro, la explosión tiene difícil comparación. Sin embargo, se observan en el fútbol de hoy dos tendencias llamativas.
Tendencia primera: prescindir de jugadores de banda en el centro del campo. Una tendencia que exportó el fútbol brasileño con el artificio del “cuadrado mágico” y ha sido acogida por un número creciente de estrategas bajo el disfraz del “rombo interior”. Se trata de acumular pivotes y enganches de toques cortos y precisos con fines asociativos. Viene a ser algo así como correr con las manos metidas en los bolsillos; una forma como otra cualquiera de renunciar a jugar por fuera y atascarse.
Tendencia segunda: colocar a los jugadores de banda a pierna cambiada. Esto se le ocurrió a Cruyff, por lo que goza de la legitimidad de un origen sagrado, y parece perseguir un fin loable: que el extremo busque el lado débil del defensa y se facilite el disparo. Viene a ser algo así como correr con los brazos cruzados; una forma como otra cualquiera de alejar a los extremos del costado y atascarse.
En la sociedad del relativismo donde todo se discute, tratar de mantener una idea fija es tan hueco como criticado. No pensé que el fútbol fuera a caer en la tentación de hipotecar desde una fuente indiscutible (Cruyff o el fútbol brasileño) lo más tradicional de su espectáculo. Casi siempre, apegarse a la tradición es la mejor manera de ser moderno. ¿Puede alguien correr con las manos dentro de los bolsillos o con los brazos cruzados? Desde luego, pero en cualquier caso el trote será torpe y el galope desgarbado; una forma como otra cualquiera de optar por algo absurdo.
Pocos pueden escapar a la seducción de lo lejano, de lo desconocido. Es un mecanismo humano que nos hace valorar por sistema lo que soñamos por encima de lo que disfrutamos. Debe ser el mismo mecanismo que condena al hombre a sentirse morir cuando aleja lo más importante de su vida, sin dejarle opción a percibir ese miedo antes, en una especie de gen suicida que nos acerca a la infelicidad sin apenas merecerlo. Como ya hemos repetido que el fútbol es un espejo de la sociedad, sus protagonistas deben serlo de la gente corriente, así que tal vez empecemos ahora a entender por qué los mismos que no tiemblan con la posible emigración de Ronaldinho, Villa o Etoo son quienes insisten en el beneficio colectivo de disfrutar en primera persona a Kaká, a Cristiano Ronaldo o a Henry. Si el fútbol es de los futbolistas, a nuestra Liga le hacen falta virtudes para ser virtuosa (respetar al aficionado y al balón, ante todo), pero no precisamente nombres propios. Hay quien sigue confundiendo los proyectos como meros apellidos y así nos luce el diagnóstico ...
José Fouché fue un tenebroso personaje de la Revolución Francesa. Clérigo de apariencia física desvalida, mostró una despiadada habilidad para desplazarse por todo el espectro político alineándose con la corriente que dominaba en cada momento de aquellos tiempos convulsos. Su falta de escrúpulos le llevó de ser ordenado sacerdote a ordenar la quema de iglesias y de ejecutar los mandatos jacobinos a propiciar la ejecución de Robespierre. Si cambiamos la revolución burguesa por nuestros días, comprobaremos que otra conducta humana contamina el mundo del fútbol. Dado que se trata de un juego que transforma emociones abstractas en resultados concretos, hay muy pocos que sepan convencer a través de las sensaciones, y se limitan a acogerse a los números para demostrar lo cauteloso de su impostura.
Defender una idea y una emoción es un desnudo ideológico; cobijarse en los resultados sólo lleva a rasgarse las vestiduras una y otra vez, lo que es una inconsciencia, pues los ropajes camuflan debilidades, y una falta de respeto en público. Así que desconfío de los coros que alientan la remontada del Real Madrid, de los que presienten la necesidad de que Mourinho deje el Chelsea e incluso de los que aplauden la veterana sabiduría del Milan de Ancelotti. Por inconscientes e impresentables.
Hay que admitirlo: nuestra sociedad vive deprisa, siempre esperando el porvenir, siempre atenta a un mañana que, a lo que se ve, nunca muere. Así, los políticos siempre hablan de perspectivas, y no de disyuntivas, las tiendas de ropa exhiben la próxima colección de invierno cuando disfrutamos de las primeras tardes de primavera, y así múltiples ejemplos más. Hay un capítulo de "El principito" en el que el protagonista se encuentra a un vendedor de pastillas que calman la sed. Si tomaba una a la semana, no se sentía la necesidad de beber. El vendedor le explica al curioso principito el porqué de esas pastillas: "Es una gran economía de tiempo. Los expertos han hecho cálculos; se ahorran cincuenta y tres minutos por semana". Y el principito pensó: "Si yo tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría lentamente hacia una fuente ..." En ese ansia por devorar el tiempo, ya no recuerdo dónde olvidamos la normalidad.
Icono de la modernidad, Cristiano Ronaldo es hijo de su tiempo: posa el primero, viste a la última y transmite una prisa vertiginosa en todo lo que hace. Uno tiene la sensación de que, cuando entra en juego, al partido le sube el ritmo y la temperatura y cambia por completo. Ser preciso a altas velocidades es muy valioso, pero lo es más saber serlo a la velocidad que requiera la situación en cada momento. Cuando hace falta serenidad, Ronaldo enciende de nuevo su interruptor y pone patas arriba el espectáculo mientras crece la convicción de que, si aprendiera a desenchufarse cuando el fútbol se lo pide, sería un jugador mucho más maduro.
Cristiano corre todo lo que puede, y sólo entonces disfruta; cuando aprenda la inversa ganaremos todos. La naturaleza le ha dado cincuenta y tres pasos más que al resto y aun así le parecen pocos para saciar su sed de gloria. Como es un talento superior, no le podemos exigir que recupere la normalidad, pero al menos sí la pausa necesaria para que el tiempo no se gire y termine por devorarle.
Recuerdo haber acudido una vez, hace ya tiempo, a mi abuelo, enfadado porque mi padre no me dejaba ir a una fiesta en el colegio en la que estaría la niña que entonces me gustaba. Tenía yo nueve años y lo que me dijo al ver mi enfado nunca se me olvidará: "Hermoso, tú cuéntame qué tal lo pasas en las fiestas cuando tu padre te deje ir". Entendí después que, en mi berrinche infantil, me había saltado dos pasos, y que a mi padre debería pedirle permiso y a mi abuelo en todo caso contarle las anécdotas, y no al revés.
A Messi, heredero presunto de Maradona, la vorágine del fútbol ya le ha encontrado un presunto heredero, Bojan Krkic. Viene a ser algo así como el sucesor del sucesor, y eso que aún no están claros lo términos de la primera herencia. Decía el músico Héctor Berlioz que parece que el tiempo es un gran maestro; lo que ocurre es que va matando a sus discípulos. No me quiero imaginar qué no será cuando ese mismo tiempo lo queremos manejar entre todos y si los discípulos parecen los herederos de la fortuna global de nuestro fútbol. Si nos negamos a darles tiempo para crecer, cedamos al menos espacio para que cojan aire porque al final nos vamos a agobiar entre todos.
Bojan tiene unas cualidades excelentes y un futuro arrollador. Viene pisando fuerte, con la seguridad que le da un perfil extraordinario, lo que siempre es signo de firmeza. Pero paremos aquí los halagos, llevémonos los focos a otra parte y relajemos el diagnóstico. La costumbre del lugar es saltarse los tiempos, y además a la torera. Otro ejemplo cercano: los refuerzos del Real Madrid en verano pasaban por el rostro adusto de Capello y guerreros de leyenda como Emerson o Cannavaro. Para darle un giro a la apuesta, en invierno llegaron dos jóvenes argentinos de talento y aires despistados y conocidos por "Pipita" y "Pintita". Ahora los conocemos más por sus defectos que por sus virtudes salvajes porque seguimos sin entender los procesos de adaptación y ensamblaje de las apuestas.
Cuando a mí se me ocurrió saltarme una generación, falté al respeto a mi padre, pero contaba con la excusa de ser un niño; nuestro fútbol tiene tanta vida a sus espaldas que no hay disculpa para tanta prisa y tanto ajetreo. Porque no aprendemos que el fútbol se maneja también en el tiempo y le estamos faltando al respeto.
Una de las cosas más excitantes del fútbol es sentirse capaz uno mismo de dar una explicación convincente para cada partido y para cada tendencia. Pasan tantas cosas a la vez que el ojo aficionado termina por fijarse sólo en la pelota y a partir de ahí emite sus conclusiones. Por eso, el recurso a la buena o mala suerte es tan usual, porque parece colocarnos en disposición de distinguir lo meritorio del azar, lo que realmente nos excita como aficionados.
Haciendo memoria, uno de los resultados más inesperados fue el del célebre Maracanazo, la final del Mundial de 1950 en que, contra todo pronóstico, Uruguay se impuso a Brasil en Río y sumió a toda la nación en una histeria depresiva común. Nadie supo explicar aquella pesadilla y más allá de motivos futbolísticos, el país terminó por asumir como ciertas algunas demostraciones peregrinas. Así, el meta de aquel infortunado equipo, Barbosa, declaraba en 1993: "En Brasil, la máxima pena que se puede imponer por un delito es de treinta años. Yo llevo cumpliendo cuarenta y tres por uno que no cometí". Le acababan de prohibir el acceso a una concentración de Brasil por gafe ... Son los riesgos de recurrir a la suerte como factor decisivo en el fútbol, y lo cierto es que el pobre Barbosa pagó su pena de por vida, cuidando el césped de Maracaná hasta su muerte.
En el fondo, es el mismo argumento de casi siempre (uno tiene claras un par de ideas, no muchas más): como el fútbol se alejó de la pelota, cada vez hay más equipos que viven del detalle. Sólo les interesa el balón de vez en cuando, sólo hacen por tenerlo si detectan cercano el momento puntual que esperan, así que el ojo aficionado sólo repara en sus intentos meritorios a ratos. Lo que para un desafortunado han sido unos centímetros de menos, el fútbol del detalle ve centímetros de cercanía; lo que para unos son ochenta y nueve minutos de pura pasión contenida, para los otros ha sido un minuto de explosión cerebral. El acierto y la capacidad competitiva en el tiempo y en el espacio: éso es la suerte. Claro que jugar bien al fútbol es otro cantar, pero no hay tantas cosas que ocurran por casualidad en un partido.
He leído varias veces a Valdano y a Cappa decir que el fútbol es hijo de su tiempo, y la verdad es que no puedo estar más de acuerdo. Como espejo delatador que es, acostumbra a reflejar los aspectos más exagerados de cada época, mientras los observadores del momento se exceden recordando cualquier tiempo pasado. ¿El fútbol se reinventa o los tiempos lo empujan? Quienes lo tengan claro, que se aficionen a otra cosa.
El primer fútbol internacional relatado era elitista y reservado; de puro distinguido, nunca llegaba a ordenarse. Exigía bombín y un cuidado bigote pero no tenía del todo claras sus propias reglas. Más comprometidos con las consecuencias que con la causa, aquella gente aplaudía, pero nunca llegaban a jugar. Las señas físicas frente a las típicas, el período de entreguerras tenía sus propios debates.
A mediados de siglo impera la ansiedad de ir a por el rival. Los equipos sólo se explican en la vanguardia, la conquista del corazón confrontado como metáfora del ataque por el ataque. Así existía un fútbol audaz, polarizado y politizado, la táctica civil más cercana a la militarización. Ejércitos en polainas y sobre borceguíes que defendían una bandera y recibían precisas instrucciones dentro y fuera del campo de fútbol. ¿La tensión de la época? El Este y el Oeste en lucha geográfica pero de dominio ideológico, dos planos que sólo el fútbol unía a la vez.
Como no hay guerra que cien años dure, los 60 y 70 intentaron un mundo de paz, por lo que al juego se le restó dramatismo político y le creció el colorido ambiental casi tanto como los pelos de los jugadores. Cuando el deportista descubre los beneficios del intercambio, comprende que el dinero vale más que la camiseta, y la camiseta que el resultado vale más que el dinero. Sólo así a los equipos les crecen ojos en la espalda y la identificación pasa a ser un concepto relativo. El nuevo debate estaba servido: fútbol de ataque frente al apogeo de la defensa. Los entrenadores se dividen, los países acogen un estilo y la pelota pierde admiradores como envejecida.
Antes de que el nuevo siglo definiese la era tecnológica y del marketing, en la que uno celebra con la misma intensidad los goles de un futbolista y los de su videojuego, en la que "las identidades se atomizan" (como dijo Borges) y los colores se disipan, un genio removió los cimientos de este juego sin dar opción alguna al debate. Diseñó la defensa adelantada, la presión asfixiante contra la línea, el rombo permanente en el achique: el paradigma del juego perfecto sin balón. Pero el invento de Sacchi resultó ser como la pólvora: parecía un enorme adelanto para la Humanidad, pero hemos terminado lamentando pérdidas.
La comodidad no acostumbra a limitar con la excelencia, y cuando se fue adaptando el modelo de Sacchi todos olvidaron un detalle crucial por complejo: si su equipo atacaba, todos estaban colocados para empezar a defender, y mientras el rival dominaba la pelota, todos estaban colocados para iniciar el ataque. Es curioso como los hombres seguimos lapidando a los genios y ahora resulta que es culpa de Arrigo la distancia que ya existe entre el fútbol y el balón. Si con la pólvora, aprendimos a matar personas, con la revolución de Sacchi el fútbol ha aprendido a matar la pelota. Salvando las distancias, lo mismo da, somos hijos de nuestro tiempo ...
Mientras los mercaderes del sentimiento no terminen de ganar la batalla por las raíces del fútbol, éste seguirá comportándose como un juego. Y como tal juego, no puede resistirse a la tierna tentación de la mentira: deja en evidencia a los evidentes, aplaca a los confiados y no rescata a los que caen del guindo. Afortunadamente, hay dinámicas que el dinero no es capaz de cambiar.
El arte del engaño en el fútbol se complica porque sólo hay dos herramientas para mentir: el cuerpo y la pelota; y porque a quien no se le ocurre el embuste sobre la marcha, no tiene talento para jugar. Claro que el lado femenino de la pelota ayuda a que todo sea algo más sencillo; como en una película en blanco y negro, siempre se inclina hacia el caballero que más trucos utiliza para seducirla, hacia quien es capaz de embaucar a propios y extraños mientras se adueña del esférico objeto de deseo. La pelota se rinde ante el que mejor interpreta el arte del engaño, y esa debilidad tampoco la compra el dinero.
Decía el pintor Santiago Rusiñol que es más difícil engañar a los hombres de uno en uno que hacerlo de mil en mil; tal vez por eso, tenga más mérito lo de Cristiano Ronaldo, que se disfraza de prestidigitador compulsivo en cada internada y encarna la mentira acrobática mientras los rivales se conjuran para no volver a caer en la trampa. La burla elegante la enseñó Michael Laudrup, que hipnotizaba con su mirada perdida al tendido mientras enviaba el balón al centro de la plaza. Todas estas medias verdades para terminar hablando de Ibrahimovic, talento sutil, salvaje expresión del espíritu del juego de siempre, que dibuja una hermosa mentira con su enorme cuerpo cada vez que toca la pelota.
Un equipo de fútbol puede tomar cualquier decisión menos la de volver la espalda a su gente. Quienes no respetan la tradición de grupo y quienes no respetan a las personas que lo conforman y lo siguen sufren la misma ignorancia irrespetuosa: no entienden la vida y la historia del fútbol.
Un club no deja de ser un desfile de almas, voluntades y talentos, encabezado por el escudo y los valores sustentados y exhibidos por los protagonistas del momento, y seguido de los socios y aficionados que dan sentido al peregrinaje.
Durante el camino, los estandartes hallan dificultades, luchas a vida o muerte y paraísos terrenales tan bellos como fugaces. En la batalla por el éxito y por seguir adelante, quienes portan el escudo vuelven la vista atrás y encuentran siempre el sentido del fútbol y de su propia dedicación en todos aquellos que se sienten partícipes de su existencia. El fútbol consiste en esto y sobrevive con fuerza entre nosotros así. Habrá desfiles modestos, recién iniciado su camino; los habrá opulentos, multitudinarios, otros equivocarán el rumbo en la cabecera y sólo la masa social los reconducirá. Pero los aficionados somos sagrados y quien no lo comprenda pone en peligro nuestra pasión colectiva.
En el fondo, las personas buscamos grupos desde siempre, bajo una bandera que nos defienda e identifique y al calor de la compañía del semejante. La vida sólo se explica a través de desfiles, porque es un desfile ella misma.
Uno inicia su camino y lo guía como sabe y puede entre las vicisitudes que se encuentra; tras él, caminan en procesión todos los que lo quieren y ayudan, mientras los demás observan y los más osados comentan. Hay quien siempre está presente entre la multitud, quien anima el camino y quien lo abandona, gente que se une a la mitad del recorrido y otra que desaparece.
Como nos tememos que el final conocido es de extrema soledad, nos unimos a todo desfile colectivo que nos reconforte, con la remota esperanza de no morir solos.
Por eso, no aceptar así el fútbol es no aceptar así la vida, y por eso también los equipos y las personas corremos un mismo riesgo: si no entendemos que lo único que da sentido al horizonte es la gente que tenemos detrás, podemos convertirnos en coleccionistas de almas y máscaras de quienes nos ayudaban a seguir adelante y ahora, con el estandarte a la deriva, se ven obligados a marcharse para no sufrir más.
Aunque las sensaciones futbolísticas huyen de la estadística, el fútbol en sí guarda cierto parecido con la matemática: uno se adentra en su mundo, y sólo avanza si es capaz de resolver los distintos problemas que se le van apareciendo. Escuché en una conferencia al ex ministro Manuel Pimentel diferenciar el talento de la inteligencia; decía, en unas charlas en torno a los jóvenes empresarios, que la inteligencia consiste en determinar qué disyuntiva de las que se presentan a tus ojos es la más adecuada, mientras que el talento es la capacidad de desarrollar, una vez determinada la solución, lo que requiere esa disyuntiva. Al final, todo es cuestión de resolver un problema con las herramientas de cada uno o, lo que es lo mismo, escoger un camino en un cruce sin señalización aparente. El planteamiento de un partido de fútbol no es sino trufar el campo de trampas al rival mientras detectas las suyas y tratas de burlarte de ellas. Y entre trampa y trampa, la pelota, muchas veces, no tiene quien le escriba.
Así que, si primero entra en juego la inteligencia, y después el talento, lo siguiente será encontrar puntos de referencia en el campo: jugadores que den salida a la pelota desde atrás, y jugadores que la reciban en el medio y la jueguen como Dios manda; con pausa, con mimo y con precisión. Quien adolece de falta de pausa en la generación de la jugada olvida que sólo la calma precede a la intensidad; el que es impreciso caerá en alguna trampa de inmediato, y quien no tiene mimo desprecia la pelota y, por eso, no nos interesa. El fútbol tiene ahí una formulación para resolver casi todos los problemas, pero como es la más dificultosa, la mayoría trabaja por aproximación, y prescinde de algún punto de referencia u olvida la pelota para resolver antes. Todo con prisa y sin brillo, es lo que hay …
Claro que a todo ello escapa un punto referente precios opero del que casi todos prescinden hoy: los extremos. Decía Rial que “algunos me recuerdan a algo que escuché sobre la mujer. La esposa ayuda al marido a sobrellevar los problemas que éste no habría tenido si no se hubiera casado. Hay habilidosos que salen genialmente de los problemas que ellos mismos se han creado sin ninguna necesidad”. El fútbol, como la vida, no te deja jamás olvidarte de los problemas, así que más reconfortante será disfrutar en el camino que vivir angustiado por alcanza runa tranquilidad que no existe. O, si no, ¿acaso hay algún hombre que no busque en su vida una buena esposa?