jueves, agosto 07, 2014

Mensaje en una botella.

No resulta sencillo ser el Athletic, guiados por convicciones de las que los demás se desengañaron y luchando por ideas que fueron ideadas para olvidar. En un mundo donde todos se preocupan por parecer que saben algo, sabiendo que parecen cualquier cosa, el Athletic sigue hablando de formas de ser. Como es viejo y cascarrabias pero no despistado, el león se siente obligado a presumir arriesgándose a escuchar de qué carece. Pero habla en un idioma antiguo a un espejito sordo que no le entiende, y ni siquiera recuerda quién era la más bella de su reino animal.



Puestos a alardear, una sola cosa distingue al Athletic de los demás: su identidad, la forma en la que decidieron vivir hace 114 años por siempre jamás, la llamada filosofía. No hay duda de que, en el fútbol de hoy en día, constituye una limitación notable, pero se lucha por una idea y con un estilo intocable, y eso une más en la desgracia y alboroza en las pequeñas alegrías porque una gran familia triunfa. Si la vanidad hay que dejarla a los que no tienen otra cosa que exhibir, como decía Balzac, el Athletic camina por la vida con el alma desnuda para que nadie confunda las cosas.
Pertenecer a un grupo siempre fue fuente de realización para las personas, un instinto que ha identificado a los humanos; pero si además ese grupo es familiar y con él se compite contra otros, imaginemos hasta dónde llega la realización y la identificación.




A eso que llaman filosofía se agarran todos los leones y cachorros con los dientes bien apretados y una mirada de soberbia ante los demás, a falta de victorias sonadas y títulos recientes. Al final, el fútbol es también un ejercicio de presunción.
En eso que llamamos filosofía se resume la esencia de lo que es el Athletic, se explica por qué son el club y el equipo quienes viven en la afición y no al revés, qué siente uno al vivir en San Mamés, dónde se esconde la poción mágica de la aldea irreductible. A lo que se ve, se guarda en un cajón bajo siete llaves bien custodiado, para que ningún desalmado la vulnere si no está de acuerdo toda la familia. Decía Wüttenberg que la filosofía significa enseñar a una mosca a entrar por el cuello de una botella. La del Athletic ha de ser tan compleja o más, porque no todo el mundo parece tenerla clara.



Competir con futbolistas nacidos en Euskadi, Navarra o en uno de los tres territorios del País Vasco francés (Lapurdi, Baja Navarra y Zuberoa), o formados y educados en una cantera futbolística de alguno de estos lugares. El primer caso plantea pocas dudas, porque el nacimiento es un hecho natural e incuestionable. Pero la segunda hipótesis da lugar a una rica casuística que depende de situaciones y decisiones personales, familiares y hasta vitales, y que hace imposible alcanzar una única solución mediante una ley de las doce tablas o hacer tabula rasa y empezar a decidir.



Lo que sí es posible, y en cierto modo obligatorio, es ser coherente. El Athletic no envía ojeadores a Sudamérica, ni capta talentos cántabros o andaluces en torneos de infantiles, ni implanta escuelas formativas en África donde, además de cultivar simpatías, forme en valores y construya un relato global que no deje de ser propio. Pero algo se entiende mal cuando a un chico riojano de 16 años no se le puede llevar a Bilbao y enseñarle el estilo Athletic, pero sí se puede esperar a que con esa edad lo fiche Osasuna Promesas, se forme allí, y años después pagar seis millones de euros por él. O cuando a un travieso niño de 13 años de la Borgoña no se le presta atención para rasgarse años después las vestiduras cuando, criado y moldeado en Zubieta, otros pagan treinta millones por él y se debe dejar de soñar en secreto con su fichaje. Deportiva, económica y hasta filosóficamente es un despropósito.



Claro que dejarse embelesar por un prodigioso zurdo de Agen, en Lot y Garona, y llevarle a Lezama por unas comunas de más o de menos es algo así como hacerse trampas al solitario. O jugar uno solo al parchís sobre un tablero de ajedrez apostando todas las fichas contra la banca. O algo así… Porque si abrimos un gran boquete en el lateral de la botella para que la mosca tenga la entrada clara, no es filosofía. No es fácil tampoco convencer a la mosca, estamos de acuerdo, pero defenderse de invectivas después de reconocer cosas así hace despertar un impulso irrefrenable de lanzar la botella a la hoguera y ver como se desmenuza. A una hoguera de vanidades compartidas.

Foto: El Correo

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1 Comments:

At 3:16 p. m., Anonymous Franklin Espinola said...

Lastima que no has seguido publicando. Me encanta tu estilo. Leo muchos los blogs que giran en torno al balón de fútbol

 

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