Uno aprende cosas todos los días en los lugares más insospechados. Enseñar es un arte y aprender una virtud, por eso existe el vicio del conformismo. Nos han enseñado que la gloria está en la cima pero todos disfrutamos más el camino. Nos han enseñado que el dinero lo compra todo pero lo que importa de verdad no se cambia por monedas. Nos han enseñado que el presente es hoy pero vivir es siempre ayer y mañana. Nos han enseñado a creer en Dios pero nadie se preocupa de que Dios crea en nosotros. Nos han enseñado el poder de la realidad ... pero el mundo pertenece a los que sueñan.
Un pragmático que presume petulante de lo que ostenta suele mofarse de los soñadores. Quienes sólo viven de día mueren cada anochecer, quienes sólo viven de lo que ven tienen el alma ciega, desvalida y sordomuda. Y además, son tristes y aburridos. Olvidan que en la tierra se tienen posados los pies, no los ojos ni el corazón. No me llames iluso porque tenga una ilusión. No puede conseguirse nada que no se haya soñado previamente. Soñar no es de ilusos, es de inconformistas. Y el mundo es de los que nunca se conforman.
Escriben Juan Mateo y Jorge Valdano que un amigo del escritor Eduardo Galeano daba una conferencia en una universidad de Estados Unidos. En el coloquio posterior a la misma, uno de los alumnos preguntó para qué servía la utopía. El conferenciante lo explicó con una metáfora: "La utopía es como el horizonte. Uno se acerca diez metros y él se aleja diez metros; avanzamos cien metros y él se aleja otros cien metros; volvemos a caminar mil metros y el horizonte siempre está a la misma distancia". Otro alumno, con sentido prosaico, dijo: "Pero entonces la utopía no sirve para nada". Y el amigo de Galeano cerró la metáfora: "¿Cómo no? Sirve para caminar".
En las últimas semanas, algunos nos despertamos cada mañana con extraños síntomas. Tenemos los ojos enrojecidos, nos tiembla el labio inferior y unas horribles agujetas sacuden nuestras piernas. Soñamos, señores, estamos caminando, movemos el horizonte con nuestros pasos.
Soñar es divertido y apasionante. Nos enseña los caminos para ser mejores, jugamos a ser más guapos y más felices sobre un tablero de ilusiones compartidas. Soñar es precioso y eterno, un ejercicio reposado de superación. Creer en uno mismo como metáfora de una vida mejor. Yo juego. Yo creo. Aúpa Athletic.
El 15 de abril de 1989 amaneció fresco y despejado sobre Sheffield. El parque natural de Peak District era un remanso de paz y el cinturón industrial y arbolado de Yorkshire descansaba como cada sábado aunque se preparaba para recibir a 50.000 visitantes ocasionales: allí se jugaba la semifinal de Copa entre Liverpool y Nottingham Forest y la procesión de fieles se esperaba a mediodía. A medida que avanzaba la mañana se levantó una leve pero punzante brisa que removía los papeles del suelo, agitaba los toldos a ratos y cortaba un poco el rostro de la gente cuando llegaban a un cruce de calles. Pareciera que alguien quería avisar a los incautos de que no iba a ser precisamente un buen día.
Como el ritual del buen “supporter” británico exige ciertas cosas previas al fútbol, muchos se lo tomaron con calma y alargaron el calentamiento, llegando a Hillsborough pocos minutos antes de las tres de la tarde, hora en que comenzaba el partido. La mayoría lo hacía con el aturdimiento propio de los efectos de la cerveza y los nervios contenidos en la base del estómago que sentían antes de ver al Liverpool. Al aproximarse a la entrada se produjo un agolpamiento: la afición “red” se había concentrado en la tribuna de Leppings Lane, tan vieja como el resto del campo, con todos los ingredientes para convertirse en un patíbulo: estrecha, incómoda, con escalones de piedra y barras metálicas dibujando auténticos rediles. En una de tantas reacciones atrabiliarias que tenemos a veces las personas cuando nos ataca el salvajismo de la aglomeración, la impaciencia venció al sentido común y la turba empezó a empujar, superando la seguridad y las barreras de entrada al recinto. Comenzaron a fundirse entonces las dos masas, con el aire compartido y una valla asesina como límite vital. No hay entrada, no hay salida, no se puede respirar. La fuerza arrastra a vidas que se rinden, que bajan los brazos porque no se encuentran las piernas, los padres sueltan la mano de sus hijos, viendo como se alejan muchas veces para no volver; cuerpos sin alma se dejan llevar buscando el suelo y almas sin cuerpo se elevan en el único camino que no tiene retorno.
Algunos aún no lo saben, pero el partido, que ha empezado, ya no tiene ningún sentido. Grobbelaar, portero del Liverpool, frunce el ceño: seis minutos y su fiel afición no rasga el cielo de Sheffield gritando su devoción. Se gira y sólo ve ojos de terror y rostros amoratados. La televisión se olvida del juego y comienza a transmitir en directo un drama real. Algunas puertas ceden, abriendo un hilo de vida entre el olor multitudinario de la muerte. Cuando el primer superviviente gana el césped y llega hasta el capitán Alan Hansen sin nada que decir, todos se dan cuenta: la pelota se detiene y, cuando vuelva a rodar, el fútbol será distinto. 96 personas se dejaron la vida en Hillsborough aquel infausto día, convirtiendo en maldito aquel lugar y aquella fecha, símbolo del dolor de la memoria y la sangre de la conciencia colectiva.
El fútbol es un juego ruidoso, tradicional y simbólico. Principalmente porque las gargantas defienden y marcan goles, la tradición es ley y los símbolos ganan partidos por sí solos. Si en algún lugar están convencidos de que tener esto en cuenta es imprescindible para ser eterno, es en Liverpool, donde se vive en un templo y se grita desde un altar en unión sagrada con un color y unos valores.
Las fuerzas vivas del Liverpool se reúnen para recordar el vigésimo aniversario de la tragedia: propietarios, directivos, técnicos, profesionales, niños y miles de aficionados que se estremecen porque un día negro en un negro lugar perdieron a muchos hermanos a la vez. Rezan, lloran, piden justicia y sueltan un globo por cada recuerdo sin saber que no dejará de subir hasta que lo abrace su dueño en las alturas.
En un lugar luminoso, muchos kilómetros más arriba, 96 espíritus son inseparables desde hace veinte años. Han colocado una placa en la que se puede leer “Esto es Anfield” a las puertas del cielo y, aunque por allí nadie lo entiende, les han respetado el capricho. Como cada año por estas fechas, se han quitado el atuendo rojo y se han vestido de etiqueta, mirando hacia abajo agradecidos. Suelen prometerse no volver a llorar, pero les puede la emoción y la lluvia sacude la ribera del Mersey cada mes de abril. Los ingleses gustan de mirar al cielo en busca de noticias sobre lo que podrán o no podrán hacer ese día. Cuando levantan la cabeza y ven que el atardecer colorea el horizonte de todos cobrizos, se miran con complicidad: “Menuda la que están armando allí arriba. Debe de haber ganado el Liverpool …”
El “miedo escénico” es una de tantas expresiones de Jorge Valdano que ha hecho fortuna en el ideario futbolístico popular. Designaba el poder intimidatorio del Real Madrid y su estadio Bernabéu que bloqueaba a los rivales en las grandes noches europeas, abrumados ante un ambiente y una presión majestuosas. Desde entonces, cada vez que un equipo pretende amedrentar a su huésped una noche cualquiera, se recurre a aquel concepto para comenzar la batalla. Como todo en esta vida, uno debe saber de lo que habla: el escenario a que hacía referencia Valdano no sólo contenía luz y sonido sino, sobre todo, fútbol.
Pone un pie el Real Madrid en Bilbao y cada miembro de la manada tensa sus músculos y comienza a segregar saliva. El anuncio de la llegada del ejército blanco a Tierra Santa suele desatar pasiones y tambores de guerra en una puesta en escena que no por familiar comienza a resultar cómoda. Se crea una atmósfera crispada (lo que tiene el inconveniente de un público inflamado), se chilla y gesticula a cada rato (lo que suele conllevar un árbitro nervioso) y se tensiona al equipo desde el banquillo, que ya para entonces corre como si tuviera pimienta en los ojos. Todo deriva en un ambiente que se corta con un cuchillo y una pelota dando vueltas por medio en la que casi nadie parece reparar.
Seguramente pocos en el Athletic sabrán que las cuestiones estéticas, cuando de ganar o perder una batalla se trata, sólo sirven como recurso defensivo. Suele decirse que el origen del afeitado en los hombres se encuentra en Alejandro Magno, que ordenó a las tropas macedónicas que se rasuraran las barbas para evitar que los enemigos pudieran agarrarles de ellas en el combate. La intimidación no es la mejor estrategia para quien se mira al espejo antes de jugar y no se reconoce; el ruido no es un buen recurso para el que no sabe escuchar. Tanto ruido y tanta palabrería para nada. Decía Mark Twain que el hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir. Sólo la pausa precede a la intensidad, se necesita frescura mental para lograr la precisión. Y son armas imprescindibles para derrotar a un enemigo superior en número y tecnología. Tomar aire, atusarse la melena y colocarse bien la camiseta por dentro del pantalón. Hasta aquí, la puesta en escena. Ya toca empezar a jugar un poco al fútbol, que a eso hemos venido. Menos lobos, Caperucita …
Bilbao, más o menos las diez de la noche. El Athletic pierde 2-5 y su rival favorito le ha arrancado hasta el vello de las cejas. San Mamés, puesto en pie, agita sus colores y grita a la luna su entrega y su amor, rasgando el cielo oscurecido en rojo y blanco. Eso es el Athletic. Todo lo anterior, permitidme que lo dude …
Viva el Athletic, siempre fueron mis colores el rojo, el blanco y el negro oscuro mate dibujan mi alma, Bilbao y alrededores.
Viva el Athletic cuando fuimos campeones en los recuerdos de la memoria la bolsa, la vida, las copas y los goles.
Viva el Athletic, resignados ganadores no jugamos por grandeza ni por gloria la baza que jugamos es de corazones.
Viva el Athletic, gran familia de pastores la sal de la tierra, la sangre que late mantienen con vida nuestras ilusiones. “Somos leones, leones con tres cojones!”.
¡Que viva el Athletic, señores! Viva el Athletic porque somos los mejores
Veinte años no es nada para quien lleva más de un siglo siendo uno mismo, desde la melena hasta la cola. Fue el rey de una selva tropical y ahora camina descalzo por las aceras de una urbe cosmopolita. Deambula por los andenes de una estación de autobuses contando anécdotas de su vida a todo el que le quiere escuchar, comparando sus experiencias con los huecos vacíos de una caja de bombones.
Veinte años no es nada, repiten los guardianes de la ilusión, pero tener que hacerlo día tras día para mantener viva una llama sin oxígeno desgasta a quien lo dice y, sobre todo, a quien lo escucha. Por eso son diferentes: se han mantenido todos unidos en torno a una chimenea imaginaria, sin fuego, leña ni calor, fría como el hielo del desamparo y amarga como la hiel de la derrota. Ninguno se atrevía a salir, incapaces de ver la luz del sol, sin abrigo para sobrevivir en una tempestad que arreciaba para arrancarles el espíritu. Los demás difundían insidias y malos augurios al observarles, se tapaban la nariz y prohibían mirar a sus niños. Nada de acercarse a los chalados de la chimenea, que predican blasfemias y respiran hollín por defender un ideal vesánico en el que ni siquiera ellos pueden creer.
Veinte años no es nada … pero veinticuatro tal vez sí. Con la temeraria seguridad de quien vive y recuerda de memoria, los abuelos comenzaron a temer que sus vivencias se perdieran en el cajón de sastre de los recuerdos, difuminadas por la incredulidad del aquí y del ahora; los padres empezaron a pensar que aquellas glorias pasadas no eran más que una ilusión de juventud, una fantasía propia de aquel tiempo en que todo parecía posible. Y qué decir de los niños, educados y criados en la convicción de que podían morir tranquilamente sin rugir hasta desgarrarse la garganta.
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien dijo haberles visto. Aparecieron de aquí y de allá, llegaron en caravanas de jolgorio, abrieron los sótanos y bajaron de las colinas hasta formar interminables hileras de fieles dispuestas a festejar hasta el amanecer. Todos contemplaron aquella romería de júbilo, navegando por la ría de la felicidad escoltada por millones de almas en cada orilla.
Hoy dicen las noticias que podrían volver a dejarse ver. Nada les distingue en apariencia. Se mueven entre los demás como cualquier otro, sin el menor atisbo emocional, como tantos y tantos que se pierden en la muchedumbre sin levantar sospechas, confundidos entre lo inmenso de la cotidianidad. Viven de lo que creen, pero no pueden creer lo que ven, sabiéndose herederos de una leyenda única que se derrama por el sumidero de los sueños rotos.
Si los quieren reconocer, no les pregunten porque se han quedado sin palabras, ni les miren fijamente porque no han podido dormir. Tendrán aún los pelos de punta y el corazón encogido, pues la reacción ante los sentimientos no se agota con el tiempo. Uno que los conoce ofrece una pista: suelen pintarse las mejillas de blanco y rojo de vez en cuando para colorear sus lágrimas, porque han escuchado que la cara es el espejo del alma ...
Uno se pregunta por el origen del éxito del fútbol y no todos saben dar cumplida respuesta, convertido en el deporte-rey por antonomasia, con una innegable influencia social y hasta política, el rey de los juegos sin mesa. Algunos de los que dedican horas de su tiempo a practicarlo y debatirlo no lo tienen claro; otros sí creemos saberlo: la sencillez y el azar son las claves. ¿Qué significa eso? De un lado, que con sólo dos palos de madera o dos zapatillas se dibuje un campo y con una pelota de trapo se complete lo esencial del reglamento; de otro, participar de un juego en el que un equipo puede ser absolutamente superior al otro en todos los parámetros y no resultar vencedor.
A partir de la novedad argentina de que el colegiado marque con un aerosol el lugar en que debe ejecutarse una falta, y de los recurrente errores arbitrales, los "amigos de la tecnología" (genial definición de Valdano) han recuperado las pancartas que reivindican innovaciones técnicas en el fútbol, para tratar de terminar con los llamados "goles fantasma" o los penaltis mal señalados. La inconveniencia de ese cambio sustancial es palmaria en un juego tan arraigado.
El árbitro es una figura a proteger (por cierto, ya que reivindicamos: profesionalización e independencia de la Federación, YA) como variable que incide en el resultado como la fortuna, el acierto o la lluvia, imprescindible para defender el fútbol de siempre, bello por imperfecto, con un grado esencial de inseguridad jurídica que adereza su contexto: cuando el juego depende de la decisión inmediata del juez, quien sólo puede basarse en lo que perciben sus sentidos con la máxima presión, todos penden por igual del riesgo del error humano.
Pero esa inconveniencia va más allá, y tiene que ver con el propio desarrollo del juego, ahora sí, convertido en espectáculo. Pongamos que un quinto árbitro se sitúa en una cabina delante de un televisor y conectado al micrófono del colegiado principal, corrigiendo sus decisiones tras comprobar la repetición de la acción a cámara lenta. ¿Esperaríamos todos de brazos cruzados a la pertinente comunicación entre árbitros tras cada jugada, cada falta, córner o saque de banda? Deportes de acción trepidante durante unos cuantos segundos, con minutos intercalados de pausa y explicación triunfan en Estados Unidos, pero a los europeos nos aburren soberanamente (el béisbol y el fútbol americano son dos claros ejemplos). El día en que un aficionado decida ir a ver jugar a su equipo con un libro bajo el brazo para los ratos de pausa habremos terminado con el fútbol.
Cuentan que el sabio Licurgo recibió de los lacedemonios el encargo de redactar una Constitución para Esparta. Al terminar su obra, dudó de su bondad. Entonces convocó a los ciudadanos al ágora y les comunicó su intención de ir a Delfos a consultar al oráculo, haciéndoles jurar antes de su partida que respetarían esa Constitución hasta su vuelta. Al saber por la pitonisa que su obra era excelente, Licurgo decidió no volver a Esparta, dejando a la ciudad prisionera del juramento que había hecho. Hace ya bastante tiempo que los oráculos enmudecieron, pero vivimos encadenados a una pasión irrefrenable, un juego vulgar e incluso grosero que hemos jurado conservar tal y como nos lo enseñaron, so pena de convertirlo en plomizo y aburrido. Licurgo huyó con la tecnología, y dejó al fútbol prisionero del azar y de una sencillez que parece irritar a los amigos de lo complejo.
Leí hace algún tiempo "Amor líquido", un libro del sociólogo y pensador polaco Zygmunt Bauman en el que sigue desgranando su teoría de la "modernidad líquida" a la que hemos llegado a través de una evolución que ha terminado con los valores "sólidos" de la sociedad: la familia, la fidelidad, el respeto, el mérito y el esfuerzo, ... Se caracterizan así por su carácter permanente e inestable frente al líquido, voluble y engañoso, que cambia de forma en función del recipiente que le acoge.
En el fondo, es lo mismo que hemos hablado aquí tantas veces: la muerte de los valores, el fin justifica los medios, la famosa frase de Marx (Groucho, por cierto) acerca de que éstos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros ... Otros para ganar más, para llegar más rápido, para utilizar a quien haga falta.
Bauman enlaza todo esto en el libro con las relaciones humanas afectivas y es aquí donde entronca su pensamiento con el mundo del fútbol, a través de la estrecha relación de éste con la sociedad en la que toma forma.
Pocas entidades son tan delicadas de gestionar como un equipo de fútbol, pues ha de encontrar acomodo en algún lugar a medio camino entre la evolución mercantilista y la propia naturaleza de un juego que sigue enfrentando símbolos y colores que representan a miles de personas identificadas con el pasado y presente de los mismos, y que no sólo exigen resultados, sino también respeto a la identidad y valores del club. Esto mueve mucho dinero y la dirección financiera es vital, no cabe duda. Pero al fútbol no se juega con chaqueta y corbata y la gente que va al campo no entiende de capitalización bursátil o análisis DAFO. Muchas veces, las cuentas del club dependen de los resultados, y éstos a su vez de imponderables que no se pueden formular por escrito porque dependen del carácter salvaje y aleatorio de un juego que tiene sus propias leyes físicas y condiciones de equilibrio desde hace siglos.
Quienes se muestran tan guardianes de lo clásico que pierden competitividad en lo moderno sufren, como el Athletic; los que olvidan lo que fueron porque ahora son sociedad anónima mueren, como la Real Sociedad; y aquéllos que ofrecen resultados a costa de violar sus señas de identidad ven rodar sus cabezas visibles, como el Real Madrid.
Pero no interesan aquí los casos conocidos, sino los de incierto desenlace, como el del Atlético de Madrid.
Tengo al Atlético por un equipo enorme por su historia y su base social, pero muy pequeño en cuanto a ideas claras y amplitud de miras. El proceso suele ser el siguiente: se colocan un listón lo suficientemente alto como para que su trabajo y categoría les impidan alcanzarlo y después se refugian en su propia desdicha como si fuera una condena inapelable e inherente a su naturaleza (“somos el Pupas”, “Papá, por qué somos del Atleti”) . Después de una crisis profunda, que les llevó a Segunda, se han empeñado en saltar los escalones de tres en tres partiendo de abajo cada año, y ya hasta se acostumbran a volver al punto de partida con los morros colorados.
Nos enseñan a cada instante quiénes fueron, pero no lo que les permitió llegar a ser así. Un grande de España se mire por donde se mire que olvidó sus valores futbolísticos hasta el punto de no recordarlos con exactitud, su condición de equipo fidelizado y popular hasta convertirse en algo vulgar objeto de chifla, y hasta los valores morales, hasta el punto de quedar en manos de unos tipos condenados en firme por apropiación indebida de un club que ya no se sabe bien a quién pertenece.
Volviendo al pensamiento de Bauman, hay algo de cambio postmoderno en la situación actual del Atlético de Madrid. No quedan ya fundamentos sólidos a los que agarrarse, ni siquiera la que ha sido casa de todos y refugio vivo de los recuerdos pasados, vendida sin que nadie entienda los motivos. No se encuentra un atisbo de identidad rojiblanca en el vestuario desde la marcha de Fernando Torres y la marginación de la cantera; nadie conoce en primera persona la historia del Atlético, por qué fue grande un día o quiénes fueron Luis, Collar, Adelardo o Escudero; nadie impregna a los compañeros de un sentimiento vivido y recibido desde niño. Tampoco hay una clara identidad en una masa social siempre fiel y sufridora, pero que parece más empeñada en vociferar que en decir algo, poco a poco alejada de un equipo irreconocible cuyo líder y esperanza es un jovencito argentino que ha debido tomar al Atlético por un mero trampolín desde el que alcanzar los sueños de grandeza que le susurra un suegro tan como peligroso.
Un club que no es el que era, unas gentes sin esperanza porque no tienen dónde resguardarse a soñar despiertos por su Atleti, unos valores tan perdidos que quizá sea obligado empezar a buscar unos nuevos; la liquidez de un fluido rojo y blanco derramado por un suelo de tarima flotante. Sin hoy ni mañana, el tiempo y la modernidad se detienen en una sociedad como la del Atlético de Madrid, que empieza a ser gaseosa.
“Llueven perros y gatos” (“it´s raining cats and dogs”) es la expresión británica que describe una gran tormenta, como nuestra “llueve a cántaros”. Como con tantos rasgos populares, la Historia nos explica el sentido: en la Edad Media, las casas inglesas no tenían bajo tejado, y en los entresijos de las vigas de madera que lo soportaban se criaban y dormían algunos animales, como gatos, ratas, conejos e incluso perros. Cuando “llovía a cántaros”, las enormes goteras que se formaban obligaban a los animales a bajar huyendo del agua, y de ahí la expresión británica “llueven perros y gatos” para referirse a una tormenta.
Ramón Calderón llegó a la presidencia del Real Madrid hace dos años y medio tras unos comicios bochornosos (juraría que en Burundi hay mayores garantías electorales) en los que no se dilucidaba a quién se votaría más, sino quién intrigaba menos en la sombra. Una vez instalado, no cumplió las promesas que sirvieron de reclamo y mostró una incontinencia verbal propia de un dibujo animado. Consciente de su falta de legitimidad, primero, y de prestigio después, se entregó a los poderes fácticos del entorno y se parapetó tras sus innegables éxitos deportivos. Pero llevar el timón del Real Madrid es mucho más que ganar dos Ligas, acertar con los fichajes y terminar con el “vedettismo” del vestuario. Cuenta Plutarco la famosa frase de Julio César tras las fiestas anuales de Bona Dea: “A la mujer del César no le basta con ser honrada; tiene además que parecerlo”. Respetando la presunción de inocencia, tras cada rumor malintencionado, Calderón ha aparecido con el rimel corrido y sin ropa interior, y ahora que arrecia la tormenta mediática sobre él, le llueven perros, gatos y todo un zoológico de criaturas desde un falso techo de madera carcomida.
Si el Real Madrid no fuera una cosa tan seria, Ramón Calderón incluso produciría lástima. Algo petulante y bastante acomplejado, siempre ha tenido celos de Florentino Pérez por su ascendente y la imagen de grandeza que conseguía que le rodeara, como quien vigila inquieto al rico y atractivo ex novio de su pareja. Intentó mantener el prestigio exclusivo de la entidad con un discurso más cercano y menos elitista, pero se ha creído tanto su papel que cualquier caricatura de sí mismo resultaría menos cómica que la triste realidad. Con todo, sus verdaderos problemas parecen empezar ahora, cuando aquellos poderes fácticos parecen haber decidido derrocarle por no se sabe bien qué intereses (defender el madridismo no es uno de ellos, eso es seguro) y dejar de tapar las sucias maniobras que, sospechamos, ocurren en todos los clubes de fútbol.
Volviendo al Medievo, las ordalías o juicios de Dios eran institutos jurídicos que se utilizaban para que un acusado probase su inocencia por el designio divino. Por ejemplo, arrojándole atado de pies y manos al mar, con la premisa de que Dios le haría sobrevivir si era inocente. La más curiosa era la prueba del hierro candente, en la que el acusado debía sostener durante un tiempo un hierro al rojo vivo: si en sus manos había signos de quemaduras, entonces era culpable. Llama la atención la cantidad de cosas que se han hecho y se hacen invocando al Señor. Nosotros no seremos menos: en el nombre de Dios, presidente, suelte ya ese hierro, que nadie le va a librar de abrasarse las manos; en el nombre del madridismo, convoque elecciones de una vez porque la situación es insoportable.