viernes, abril 17, 2009

Noventa y seis almas


El 15 de abril de 1989 amaneció fresco y despejado sobre Sheffield. El parque natural de Peak District era un remanso de paz y el cinturón industrial y arbolado de Yorkshire descansaba como cada sábado aunque se preparaba para recibir a 50.000 visitantes ocasionales: allí se jugaba la semifinal de Copa entre Liverpool y Nottingham Forest y la procesión de fieles se esperaba a mediodía. A medida que avanzaba la mañana se levantó una leve pero punzante brisa que removía los papeles del suelo, agitaba los toldos a ratos y cortaba un poco el rostro de la gente cuando llegaban a un cruce de calles. Pareciera que alguien quería avisar a los incautos de que no iba a ser precisamente un buen día.

Como el ritual del buen “supporter” británico exige ciertas cosas previas al fútbol, muchos se lo tomaron con calma y alargaron el calentamiento, llegando a Hillsborough pocos minutos antes de las tres de la tarde, hora en que comenzaba el partido. La mayoría lo hacía con el aturdimiento propio de los efectos de la cerveza y los nervios contenidos en la base del estómago que sentían antes de ver al Liverpool. Al aproximarse a la entrada se produjo un agolpamiento: la afición “red” se había concentrado en la tribuna de Leppings Lane, tan vieja como el resto del campo, con todos los ingredientes para convertirse en un patíbulo: estrecha, incómoda, con escalones de piedra y barras metálicas dibujando auténticos rediles.
En una de tantas reacciones atrabiliarias que tenemos a veces las personas cuando nos ataca el salvajismo de la aglomeración, la impaciencia venció al sentido común y la turba empezó a empujar, superando la seguridad y las barreras de entrada al recinto. Comenzaron a fundirse entonces las dos masas, con el aire compartido y una valla asesina como límite vital. No hay entrada, no hay salida, no se puede respirar. La fuerza arrastra a vidas que se rinden, que bajan los brazos porque no se encuentran las piernas, los padres sueltan la mano de sus hijos, viendo como se alejan muchas veces para no volver; cuerpos sin alma se dejan llevar buscando el suelo y almas sin cuerpo se elevan en el único camino que no tiene retorno.

Algunos aún no lo saben, pero el partido, que ha empezado, ya no tiene ningún sentido. Grobbelaar, portero del Liverpool, frunce el ceño: seis minutos y su fiel afición no rasga el cielo de Sheffield gritando su devoción. Se gira y sólo ve ojos de terror y rostros amoratados. La televisión se olvida del juego y comienza a transmitir en directo un drama real. Algunas puertas ceden, abriendo un hilo de vida entre el olor multitudinario de la muerte. Cuando el primer superviviente gana el césped y llega hasta el capitán Alan Hansen sin nada que decir, todos se dan cuenta: la pelota se detiene y, cuando vuelva a rodar, el fútbol será distinto.
96 personas se dejaron la vida en Hillsborough aquel infausto día, convirtiendo en maldito aquel lugar y aquella fecha, símbolo del dolor de la memoria y la sangre de la conciencia colectiva.

El fútbol es un juego ruidoso, tradicional y simbólico. Principalmente porque las gargantas defienden y marcan goles, la tradición es ley y los símbolos ganan partidos por sí solos. Si en algún lugar están convencidos de que tener esto en cuenta es imprescindible para ser eterno, es en Liverpool, donde se vive en un templo y se grita desde un altar en unión sagrada con un color y unos valores.

Las fuerzas vivas del Liverpool se reúnen para recordar el vigésimo aniversario de la tragedia: propietarios, directivos, técnicos, profesionales, niños y miles de aficionados que se estremecen porque un día negro en un negro lugar perdieron a muchos hermanos a la vez. Rezan, lloran, piden justicia y sueltan un globo por cada recuerdo sin saber que no dejará de subir hasta que lo abrace su dueño en las alturas.

En un lugar luminoso, muchos kilómetros más arriba, 96 espíritus son inseparables desde hace veinte años. Han colocado una placa en la que se puede leer “Esto es Anfield” a las puertas del cielo y, aunque por allí nadie lo entiende, les han respetado el capricho. Como cada año por estas fechas, se han quitado el atuendo rojo y se han vestido de etiqueta, mirando hacia abajo agradecidos. Suelen prometerse no volver a llorar, pero les puede la emoción y la lluvia sacude la ribera del Mersey cada mes de abril. Los ingleses gustan de mirar al cielo en busca de noticias sobre lo que podrán o no podrán hacer ese día. Cuando levantan la cabeza y ven que el atardecer colorea el horizonte de todos cobrizos, se miran con complicidad: “Menuda la que están armando allí arriba. Debe de haber ganado el Liverpool …”


Bruce Springsteen- The Wrestler
Foto: Paul Ellis

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